Sin metas pero con objetivos, sigo disfrutando de las bicis y de otras actividades. Intento aprender continuamente para mejorar como persona, física y mentalmente. Este blog sigue siendo una especie de diario personal en cuanto a lo ciclístico, pero va siendo hora de ir añadiéndole algunas cosas más que también captan mi atención...

sábado, 29 de mayo de 2010

LOS 10000 RE-SOPLAOS


Lo del fin de semana pasado fue espectacular.
La cuarta edición de la marcha para bici de montaña de Los 10000 del Soplao.

Qué se puede decir sobre ella que no se haya dicho ya.
Es realmente impresionante.
Una prueba de una gran dureza, por lo largo de su recorrido, y por el desnivel acumulado que se ha de superar.
165 kilómetros. 4200 metros de ascensión acumulada.

Otros años han sufrido las inclemencias del tiempo, con lluvia, frío y barro. Creo que no hace falta hacer ningún comentario al respecto.

Este año hemos tenido sol, como yo quería. Todo sequito, y con solecito. Bueno, más que solecito, solazo, un sol abrasador. Hay quien opina que en las condiciones que tuvimos en esta edición es más difícil resistir la dureza de la prueba. Yo, que prefiero el sol y el calor, tengo que decir que lo del sábado fue una auténtica “chicharrera”.

Por otro lado, comentar que los parajes por los que discurre la prueba son de una belleza tremenda. Siempre rodeado de color verde, de mucha vegetación, de montañas, de animales pastando por ellas. Algo realmente bonito de ver.

Y mención aparte merece la gente del lugar. A la que seguro se les unieron otras gentes venidas como acompañantes de algunos participantes.
Agolpados en las calles, en los caminos, en cualquier lugar posible. Animando a todos como si fuéramos corredores profesionales al paso de una etapa de una gran vuelta ciclista. Qué afición más grande.
Aunque creo que eso va más allá de una simple afición.
Creo que es sencillamente la demostración sincera de la gran amabilidad de esas gentes, que lo que estaban haciendo era simplemente darnos su apoyo y su ánimo, al ser sabedores ellos de la dureza de la prueba que estábamos realizando.
Mi más sinceras gracias a todos ellos.

Y la organización, impecable. Organizar algo así para tanta gente (3700 personas entre los que hacíamos la marcha de btt, y los que hacían la maratón y la marcha a pie de ultrafondo), y salir airosos y merecedores de la mejor nota, es realmente meritorio.


LA VÍSPERA DE LA MARCHA

El fin de semana se presentaba tal y como había sido el resto de la semana. Cielos despejados y temperaturas altas. Perfecto, lo que yo quería.

Salimos de Barcelona el viernes por la mañana, Jorge, Carlos y yo, rumbo a Cantabria. Teníamos unas cuantas horas de viaje por delante, pero muchísimas más ganas de llegar allí y hacer por fin la marcha.
Durante el viaje, hablando de cómo afrontaríamos la prueba, de cuánta gente iba a ir, de qué tiempo íbamos a tener, disfrutando de los paisajes de las provincias por las que íbamos pasando, y en definitiva, mentalizándonos ya para lo que iba a ser un día grande.

Llegamos a Cabezón de la Sal a media tarde, justo al mismo tiempo que lo hacía Juan, el primo de Madrid de Carlos y Jorge, que iba con su mujer Cristina, y con otros amigos y compañeros ciclistas de la capital, miembros del “Club Ciclista Distrito 18”.

Había sido él quien en su momento se preocupó de hacer las reservas en un hostal casi al pie del lugar de la salida de la prueba, con lo que por la mañana sólo tendríamos que coger las bicis y en dos minutos estaríamos allí.

Después de las presentaciones y de dejar las cosas en el hostal, nos dirigimos hacia el lugar en el que estaba montado todo el “tinglado”, para recoger los dorsales y empaparnos del ambiente que ya se respiraba.

Un par de las muchas bicis que había en el pueblo


Cantidad de gente por el pueblo, paseando, haciéndose fotos en lugares emblemáticos, y disfrutando de la vispera de la prueba.

A la entrada del "centro de mando"


El solazo que estaba haciendo, ni una nube en el cielo, y la alta temperatura que estábamos soportando eran ya un presagio de lo que nos esperaría al día siguiente.

Con mi "flamante" dorsal


Después de recoger los dorsales y de dar otra pequeña vuelta por el pueblo, fuimos a tomar un refresco y hablar un poquito todos los que íbamos a alojarnos juntos en el hostal. Los que veníamos de Barcelona, y los que venían de Madrid.

Una foto ineludible


Después, los primos y yo decidimos volver al “centro de operaciones” de la prueba, para ver si encontrábamos a Noe, gran persona y tremenda deportista, a la que conocíamos “virtualmente” de compartir nuestras vivencias ciclistas en ese invento moderno que son los blogs de internet.
Tuvimos suerte y la encontramos allí, en el stand que habían montado los de su equipo, preparando las bicis que iban a usar en la prueba.

Con Noe, gran deportista y mejor persona


Es necesario comentar que tanto ella como sus compañeros tenían la intención de realizar la marcha con unas bicicletas “especiales”, que tienen un sólo plato y un sólo piñón.
Sí, sí, a piñón fijo durante 165 kilómetros. ¡Qué barbaridad! Son las bicicletas que llaman Single Speed, o velocidad única. Un sólo plato, un sólo piñón, un sólo desarrollo posible, tanto para subir, como para bajar o llanear. Además, las ruedas son de mayor diámetro de lo habitual, 29 pulgadas en lugar de las 26 que tienen las normales.

Qué más puedo comentar. Enorme el mérito que tienen todos de afrontar una prueba de estas características con unos medios como esos.

Estuvimos sólo un par de minutos con ella, lo justo para presentarnos, comentar cuatro cosas sobre la prueba, hacernos una foto (¡vaya, con la emoción no me atreví a pedirle un autógrafo!), y desearnos suerte mútuamente.
Por lo poco que la conozco puedo decir que, además de ser una deportista como hay pocos, me parece una gran persona. Fue realmente un placer conocerla. Por lo menos, ya había servido para algo el ir hasta Cantabria.

Bueno, después de nuestro primer objetivo cumplido, marchamos hacia el hostal para dejar ya preparadas las bicis, y después cenar, que había que acostarse pronto.
Por supuesto me tocó compartir habitación con Carlos.
¡Qué pesadilla, voy a soñar con él, ja, ja. Seguro que él conmigo también!

Después de cenar, los últimos preparativos. La ropa que llevaremos, los geles, las barritas energéticas, el gps, la linterna, la cámara de fotos, la cámara de video (Ricardo, un compañero de trabajo, tuvo el detalle de dejarme una cámara de vídeo de esas que se ponen encima del casco), la documentación, la bebida isotónica, la ropa que no nos pondremos pero le daremos a Cristina para que la lleve en su coche... Cristina, la mujer de Juan, al igual que había hecho en otras ocasiones, iba a realizar la marcha en “paralelo” con su coche, haciendo de coche de apoyo, y encontrándose con nosotros en varios de los avituallamientos que tenían preparados los organizadores. Muchas gracias a ella y a sus acompañantes.


EL DÍA “DE”. DE PENSARSE DOS VECES LO QUE ÍBAMOS A HACER...

Sobre las seis y algo de la mañana me despertó Carlos, después de, en mi caso, haber dormido bastante bien. Yo que iba con el temor a extrañar la cama, y resulta que dormí mejor que en mi casa. Tiene gracia la cosa.

A vestirse de faena, bajar a desayunar, hacer las últimas visitas al excusado, y bajar con toda la parafernalia a coger la bici y prepararnos para ir hacia el punto de salida de la marcha.
En honor al “Komando Herráez” (Carlos, Jorge y Juan), me vestí con el maillot exclusivo que habían diseñado semanas atrás, y que realmente les quedó muy bonito.
Ya lo había llevado en Los Monegros, y aquí no iba a ser menos, que estaba el comando al completo.
A la salida del hostal, foto de grupo hecha por Cristina, que se curró un buen reportaje.

Preparados para todo


Cuando llegamos a la calle donde se daría la salida, ya estaba a reventar de gente. La idea era llegar con algo de tiempo para no salir muy retrasados, pero es que todo el mundo había hecho lo mismo, así que nos tocó quedarnos bastante a cola de pelotón. Carlos, si repetimos el año que viene, te prometo que llegaremos allí una hora antes.

Jorge, Juan, Javi, Carlos, y yo


Aunque tampoco se trataba de darle excesiva importancia, sí que es verdad que no es lo mismo salir con 1000 ciclistas por delante tuyo, que salir con 2500. Hay que recordar que éramos cerca de 3100 los inscritos en la prueba.

Alberto, Esmeralda, Fonsi, Willy, y dos de "Bad"


Una vez dieron la traca de salida aún estuvimos unos minutos parados, hasta que poco a poco empezamos a movernos, caminando y parando, caminando y parando. Cuando por fin pasamos por el arco de salida ya no sonaba la música de AC/DC que ponen para que la gente salga ya “mentalizada”. Una lástima. Creo que deberían repetir la canción una y otra vez hasta que pasara todo el mundo.
Pero bueno, la adrenalina que se respiraba en esos momentos hacía que no importara demasiado no haber oído el “Highway To Hell”.

Muchísima gente agolpada en las calles, animando con muchas ganas. Unos serían lugareños, y otros muchos serían familiares y acompañantes de los participantes. Fotos por todas partes, como si fuéramos profesionales de la bicicleta.

Saliendo del pueblo


A diferencia de otras marchas, por ejemplo la de Los Monegros, en la que salimos a todo trapo con la gente casi peleándose por ganar posiciones, aquí tuvimos una salida de lo más pausado, disfrutando del ambiente que había por las calles, y sin niguna prisa por hacer los primeros metros.
Nos quedaban a saber cuántas horas por delante.

Aunque salíamos todos juntos, rápidamente nos empezamos a disgregar. Por un lado el Komando Herráez, con Jorge en cabeza, seguido de Carlos y Juan, y enganchados a ellos íbamos Javi, Fonsi y yo. Por detrás iban el resto del grupo del Distrito 18, Alberto, Esmeralda, Willy y los demás.

Después de un pequeño tramo de asfalto saliendo del pueblo, nos metimos ya por montaña, por una pista forestal que subía sin gran pendiente hacia el Monte Corona.
Aquí empecé a quedarme un poco retrasado respecto al grupillo delantero, no porque no pudiera, si no porque iba jugueteando con la cámara de vídeo que llevaba instalada en el casco, y además no quería forzar para nada el ritmo (tampoco se me iban a escapar, que acabábamos de empezar, y enseguida los podría coger), pues se trataba de ir siempre “de paseo” esperando a ver cómo se presentaban los kilómetros.

Ya se empezaban a ver los primeros pinchazos y averías. Vaya mala suerte para algunos, sí no llevábamos ni 5 km.

Ya llegando al final de la cuestecita me volví a agrupar con Carlos y los demás, e iniciamos una bajada rapidita, en la que ya se vieron las primeras caídas del día, alguna de bastante importancia. Y es que el suelo seco y con bastante gravilla, además de la gran cantidad de gente que aún íbamos apelotonados, hacían que hubiera que ir con mil ojos para evitar un frenazo brusco, o un toque indeseado con otro participante.

Aquí ya empecé a darme cuenta del gran esfuerzo y buen hacer de los organizadores, pues enseguida apareció por allí el coche del médico, abriéndose paso entre nosotros, así como también algún quad de asistencia mecánica.

Acabábamos de empezar y ya disfrutábamos de unas vistas preciosas, con el mar de fondo, y unos parajes idílicos, pedaleando entre todo clase de árboles.
Al poco iniciamos otra subida, esta ya de mayor desnivel, y siempre por camino de fácil pedaleo. Otra vez me fuí quedando atrás poco a poco, y aunque los perdí de vista, tenía claro que mis compañeros estaban sólo unos cuantos metros delante mío.

Fue entonces cuando tuve la primera de mis dos caídas tontas del día.
Subía pegado a un grupito de 5 ó 6, que iban bastante tranquilos, y viendo que se acercaba una curva en la que podría hacer unas tomas de vídeo de toda la gente que venía por detrás mío, decidí adelantarlos para tener espacio libre por delante.

De tan despacio que subíamos, llevar el plato mediano me tenía atrancado y me impedía moverme con agilidad entre el grupillo, así que quise cambiar al pequeño para tener mejor capacidad de movimientos y poder adelantarlos.

La consecuencia de esa maniobra fue que se me salió la cadena, di tres o cuatro pedaladas en vacío (como un auténtico novato fui incapaz de desenganchar los pies de los pedales), y mientras oía a la gente que venía por detrás avisarse unos a otros, me caí a cámara lenta sobre el lado izquierdo de mi cuerpo (siempre caigo por la izquierda), haciéndome más daño moral que físico.

Ya me levanté maldiciendo mi torpeza, y seguí adelante hasta un llano en el que me paré a ver si me había hecho algo, pues me dolía la mano y un poco el codo. Supongo que al caer apoyé la mano en una piedra, ya que tenía un buen golpe en la base del pulgar.

Aproveché para quitarme el cortavientos y la braga del cuello, pues estaba claro que iba a pasar calor, y también para comprobar la cámara de vídeo, tomarme un gel, y echar un río. Fueron momentos de reflexionar el porqué de la caída, y de hacer un pequeño cambio de chip. Se trataba de estar más por la labor, y olvidarme un poco de hacer grabaciones tontas, además de que tenía que ponerme un ritmo propio, que ir al ritmo de otros me estaba perjudicando.

Enseguida llegamos al primer avituallamiento del día, en el que no tenía intención de parar, y menos después de la caída. Al pasar por allí oigo que me llaman y veo que eran Cristina, Patricia, y los demás acompañantes del coche de apoyo, otra chica de Madrid y los hijos de uno de los del Distrito 18 (creo).

Aprovecho para saludarles, explicarles la caída y preguntar cuánto hacía que habían pasado los Herráez y compañía.

Al paso por el primer avituallamiento


Sigo adelante, y después de una bajada bastante pronunciada pasamos por el pueblo de Caviedes, muy bonito como todos los de por allí, y en el que la gente estaba en las calles animando a todos los que pasábamos. Como hice durante toda la jornada, al pasar al lado de los que nos animaban, yo les agradecía sus palabras, pues considero que ellos se merecen ser correspondidos.

Rápidamente me dí cuenta de que la gente, aunque animaban con ganas, cuando ya habían pasado varios corredores disminuían la intensidad de sus jaleos, supongo que en parte influidos por el hecho de que la mayoría de los participantes no les “devolvían el saludo”. A veces con un simple gesto basta.
Así que a partir de ahí, y hasta el final de la ruta, cada vez que pasábamos por un pueblo, me dediqué a levantarme en la bici y aplaudir a la gente que nos animaba, intentando de esta manera corresponderles.
Había que ver las caras de alegría cuando veían a un tío que se levantaba sobre la bici para aplaudirles a ellos. No veas como aplaudían y animaban entonces. Eso a mí me llenaba muchísimo. Gracias a todos los que me animaron.

Después de un tramo de carretera con subidas y bajadas suaves, llegamos al barrio de La Cocina, donde dejaríamos el asfalto para empezar un tramo de subida corto pero muy duro, que la mayoría tuvimos que hacer a pie, pues el terreno era casi impracticable, lleno de pedrolos sueltos que hacían casi imposible pedalear.
Como la consigna del día era no gastar fuerzas innecesariamente, tal como llegué al principio de la subida me bajé de la bici y subí andando hasta que acabó el tramo pedregoso y pude volver a montar y dar pedales.

Después de algún pequeño tramo de asfalto empezamos, otra vez por pista forestal, el ascenso hacia las Cuevas del Soplao. Una ascensión esta ya de mayor longitud y desnivel que los “repechos” que habíamos hecho hasta el momento.
Sin ser una cuesta muy dura, sí tenía algún tramito más empinado, que hacía que ya se viera gente que optaba por subir caminando.
Subiendo a mi ritmo, sin grandes complicaciones, y haciendo alguna grabación para la posteridad, después de casi 10 kilómetros acabamos por llegar a la cima, donde estaba situado el segundo avituallamiento del día, que aproveché para reponer agua en el bidón y comer un plátano.

Tocaba ahora una rápida bajada de un par de kilómetros, en la que, como en todas las de la ruta, aprovechaba para ponerme de pie, y de esta manera no castigar en exceso las posaderas, que quedaban muchísimos kilómetros por delante y había que prevenir futuros dolores en la parte final de la prueba.
Y por supuesto bajaba sin pedalear, pues todos los kilómetros que hiciera así serían fuerzas guardadas para las grandes subidas que nos esperaban más adelante.

Después de unos minutos por carretera (hay que comentar que cada vez que pasábamos de camino de montaña a carretera, y viceversa, estaban las fuerzas de seguridad cortando el tráfico y dando preferencia al paso de los ciclistas. Magnífico el operativo), y de pasar por Celis y Puente Nansa, llegaríamos a un arroyo que había que vadear.

Allí muchos “pasaron de todo” y cogieron la bici a hombros atravesando el arroyo con el agua por debajo de las rodillas. Algunos se quitaban las zapatillas y los calcetines, a otros les daba igual. Yo fui de los “finolis” que aprovechó unas piedras que sobresalían para no mojarme los pies mientras cruzaba apoyándome en la bicicleta, que sí se estaba mojando.
Total, no tenía ninguna prisa por pasar, y tampoco me quería arriesgar a que no se me secaran bien los pies y pudiera tener más tarde problemas de ampollas o veteasaberqué.

Pasaríamos luego por Carmona, pueblo de casas y calles empedradas, en el que como en todos, la gente animaba sin parar. Qué sensación al sentirte arropado por aquellas gentes.

Al poco empezamos una de las ascensiones duras de la jornada, no por su longitud si no porque tenía algunas rampas que llegaban al 20% de pendiente, y que si no te tomabas con algo de calma podían pasarte factura más tarde. Era la ascensión al "Monte Aa". Aa, ¿a dónde? Supongo que al cielo.

Enseguida llegaron los dos kilómetros más duros de la subida, el tramo de pendientes del 20%, cementado (lo que da idea de lo duro que era), que hice enteramente montado en la bici, y en el que mientras iba adelantando a todos los que estaban subiendo a pie (que eran muchos), les iba diciendo medio en serio, medio en broma, que eso lo iba a acabar pagando más adelante. Alguno me llegó a dar la razón. Pero es que no me apetecía nada hacerlo andando. Así que con todo el desarrollo puesto, y sin notarme excesivamente forzado (esas repetidas subidas a la bola del Puig d’Agulles dan sus frutos), fui tirando para arriba hasta que por fin pasó el tramo duro y pude aligerar un poco el esfuerzo.

Yo creo que fue en lo alto de esta montaña donde había un avituallamiento que no estaba previsto, y en el que por supuesto paré para comer algo (más plátanos, y seguramente algún gel), hidratarme, estirar un poco los músculos, aliviar mis necesidades, y hacer algunas fotos. Como siempre, espectaculares las vistas, que intenté reflejar en las malas fotos que acabo haciendo.

Magníficas las vistas


Tocaba ahora una bajada tremendamente empinada en sus inicios, de tierra roja, que me imaginé totalmente embarrada en otras ediciones. La verdad es que aún estando la tierra seca como estaba, había que ir con cuidado, pues había dos o tres puntos peligrosos por culpa de unos badenes creados por las bajadas de agua. Hay que decir que en estos puntos había miembros de protección civil vigilando que no pasaras excesivamente rápido.

Después de este tramo más complicado, y siempre intentando guardar fuerzas y preservar el buen estado de mi culo, la bajada continuaba varios kilómetros, ya por un bosque de hayas, que como en otros tramos del recorrido, hacía que además de con la bici fuéramos disfrutando con el entorno.

Una vez abajo en el valle, pasamos por el pueblo de Ruente, en el que cruzamos un arroyo por un estrecho y pintoresco puente, para después pasar por Ucieda y llegar a un parque natural de robles y hayas, en el que en un área recreativa estaba instalado el tercer avituallamiento oficial del día.
Digo oficial porque durante el recorrido nos fuimos encontrando con algún avituallamiento que no estaba previsto. Muy bien por la organización.

Lo primero que hice fue pegar un vistazo a ver si por casualidad estaban allí alguno de mis compañeros. Nada, no hubo suerte. Así que ya me preocupé de avituallarme. Allí tenían bocadillos de pan bimbo, también de pan de barra, fruta, algún tipo de bollo, agua, refrescos, vamos, de todo.
Me apetecía comer proteínas, pues de hidratos iba sobrado, entre barritas, geles y plátanos. Cogí dos medios bocadillos de pan bimbo, de los que me habría comido sólo el embutido, pero por no hacer un feo, me comí también el pan, que me costó de entrar. Bebí, saqué unas fotos, y grabé a un folclórico grupo de música que tocaba las gaitas.

Una vez repuse fuerzas, me estiré unos minutos al pie de un árbol, buscando la sombra, con las piernas en alto y dándome unos masajes, pues estaba empezando a tener ligeros síntomas de agarrotamiento. También aproveché para desmontar la cámara del casco, que ya se había quedado sin pilas por dos veces (no recuerdo en qué punto paré para cambiarlas), y no era plan llevarla encima de la cabeza porque sí.

Después de un ratillo, guardé un plátano para más tarde, bebí más agua, y me dispuse a iniciar la que sería la primera ascensión realmente jodida del día.
La subida al Moral, de unos 12 kilómetros de longitud y algo más de 700 metros de desnivel a superar. Las rampas no serían muy duras, se podría subir a ritmo, pero la longitud del puerto y los kilómetros acumulados (ya unos 70) presagiaban que se haría difícil. Además, a esas horas del día, el sol pegaba con mucha fuerza.

Como había comido bastante empecé la subida tranquilamente, a un ritmo que daba por supuesto que podría mantener hasta el final. El calor empezaba a ser sofocante, y según subíamos, todos los corredores íbamos buscando las zonas del camino en las que había un poco de sombra. Eran sólo unos segundos de alivio y refrigeración momentanea, pero mejor era eso que nada.

Para evitar en lo posible un agarrotamiento total de los isquiotibiales de mi pierna derecha, desenganché el pie del pedal para poder de esta manera posicionarlo más adelantado, y así conseguir que al bajar la pierna durante la pedalada los músculos se estirasen un poco más. También había subido un poquito el sillín, buscando ese mismo efecto.

Según íbamos subiendo, muchos se bajaban de la bici y se tumbaban en los márgenes del camino, en los pocos trozos con sombra que aún quedaban. Y es que después del avituallamiento, y con la que estaba cayendo, lo menos lógico era estar subido en la bici, intentando llegar a no sabes bien dónde.

Yo iba manteniendo mi ritmito suave, esperando que mi estómago fuera haciendo la digestión, y bebiendo bastante agua, no fuera que me deshidratara.

Creo que fue en este tramo cuando coincidí durante unos minutos con una chica de Valladolid, con la que acabé hablando de vinos. Y según me comentó, en el termómetro de su cuentakilómetros había visto un rato antes 39º de temperatura. Vaya tela la que estaba cayendo. Después de un ratillo de compartir camino, nos despedimos y me quedé atrás, pues estaba forzando demasiado mi ritmo.
¡No veas cómo subía la chica!

Poco a poco fuímos ascendiendo, y ya llegó un momento en el que dejó de haber árboles, así que ya no teníamos nada que nos resguardara del terrible sol que nos estaba dando. Mira que yo llevaba meses deseando que este día fuera soleado, pero lo que estábamos soportando allí era demasiado.

El cuerpo muy sudado, el brazo derecho que me quemaba, pero lo peor era esa sensación de que la cabeza me hervía. Tenía unas ganas tremendas de sacarme el casco y que me diera el aire. Bueno, el aire, si es que no teníamos ni una ligerísima brisa que nos refrescara un poquillo. ¿Dónde estaba el aire que supuestamente siempre hay a esas alturas de cualquier montaña? Ni rastro de él.

Una ruta realmente montañosa


Los kilómetros acumulados también iban haciendo mella, y la ascensión era larga, pero físicamente no me encontraba mal. Sí que es cierto que habría agradecido muchísimo un pequeño tramo de llano o de bajada, para poder dejar de dar pedales durante unos segundos.

Tenía más o menos claro que podría aguantar hasta arriba, pero aún así se me pasó por la cabeza el bajarme de la bici y hacer un trozo andando. Y es que según adelantaba a gente que sí iba andando, o veía alguno tirado al lado del camino bajo la sombra de algún arbustillo solitario, pensaba si no sería mejor pararme que seguir sufriendo ese calor asfixiante.

Encima, el camino era más o menos recto, con lo que podías ver a lo lejos como se extendía a lo largo de la montaña.
Y parecía no acabar nunca.

Cuando estaba ya sopesando muy seriamente el pararme un rato, tuve la agradable sorpresa de encontrarme con una fuente-abrevadero allí en medio de la subida. Había varios corredores refrescándose y reponiéndose un poco del tremendo esfuerzo.

Me bajé y lo primero que hice fue echarme bien de agua por la cabeza. ¡Ohhhhhhhh, qué fresca que estaba! Me empapé bien la cabeza y llené el bidón. Además de fresca estaba buena.

Estando allí me llamó Carlos, que se había enterado por mediación de Cristina de que me había caído. Resulta que estaban en la cima Javi y él, esperándo a que llegaran Juan y Jorge, que se ve que iba medio apajarado. No me extraña.

Además del buen rollo de recibir su llamada, también me vino bien el saber que, aunque yo pensaba que estarían mucho más lejos, resulta que estaban a sólo tres o cuatro kilómetros de mí. No los iba a coger, pero eso me dio ánimos, pues pensé que tampoco iba tan mal.

Estando allí apareció un grupito de vacas de grandes cuernos, medio asustadas por la cantidad de gente que estábamos allí parados. Venían del lado derecho del camino y querían bordear la fuente por el lado de la montaña. Había que verlas, trepando por la montaña como si fueran cabras montesas. Yo, que he tenido la suerte de conocer muy de cerca el mundo de la ganadería, me quedé asombrado.

Ya seguí mi camino hacia la cima, un poco recuperado del sofoco, y con los ánimos aún en mejor estado del que ya tenían, que fue excelente durante todo el día.

Al poco pasa un quad de la organización avisando de que nos pusiéramos a la derecha (ya estábamos avisados de antemano) porque estaban bajando los primeros clasificados. Y es que el Moral se subía dos veces, una “a la ida”, y otra en sentido inverso “a la vuelta”, ya como última ascensión del día.

Así que nos íbamos avisando unos a otros, “¡cuidadoooo, que bajaaaan!, y fueron pasando a toda velocidad los que eran los tres o cuatro primeros clasificados.
Es este un punto que creo mejorable, pues de alguna manera se podría delilmitar un espacio para el paso de estos participantes, de tal manera que los que estábamos subiendo, cansados, con la cabeza gacha y la mente en otro lugar, no pudiéramos meternos sin querer en la trayectoria de los que bajaban.

El pensar que a ellos no les quedaban más que 20 ó 30 kilómetros, y a mí casi 100, no hizo mella ni por un momento en mi ánimo, pues sabía que llevaba una buena media de velocidad, y me encontraba bien físicamente. Mi meta era acabar dentro del margen de las 16 horas.

Un poco más arriba me encuentro con un personaje del que ya tenía conocimiento, pues es uno de los fijos del Soplao.
Es el hombre del cencerro. Está allí arriba, en medio de la montaña, con un cencerro en la mano y haciendo comentarios realmente divertidos sobre el estado en el que subíamos.
“Vamos chicos, que no tengo todo el día”, “venga que esto es el Soplao, no el Corte Inglés”, ”a ver si damos un poco más de pedales, que váis muy lentos y yo me tengo que ir a la playa”... Imposible recordar todo lo que decía.
Eso sí, cuando pasabas a su lado, te daba ánimos y te decía lo mucho que te lo estabas currando. Se agradecen sus comentarios y su buen rollo.

Al cabo de media hora más o menos de haber parado en la fuente, y después de un par de bajadas y llanos que se agradecieron muchísimo, llegué a lo alto del Moral, donde tenían instalado otro avituallamiento de esos que no estaban previstos. Qué bien lo hicieron los organizadores.

La llegada al Moral


Parada de rigor, reaprovisionamiento, fotos, estiramientos...

Por ahí subiría 6 horas después


Venía ahora una bajada larga y rápida, que como no, aproveché para hacerla levantado y sin dar pedales, pues serían esos unos buenos minutos de descanso para mi culo y para mis piernas. Con los pies enganchados en los pedales para evitar que se me resbalaran, iba aprovechando para hacer estiramientos en ambas piernas, en los gemelos y en la parte trasera de los muslos (isquiotibiales).

Por supuesto, tanto arriba en la cima, como ahora de bajada, las vistas fabulosas de la zona hacían que resultara muy gratificante el recorrido que estábamos realizando.

Una vez llegados al final de la bajada, tocaba hacer un tramo de carretera en ligera ascensión, pasando por Barcena Mayor, otro de esos pueblos realmente bonitos, y después de pasarlo llegaríamos a otro de los avituallamientos “oficiales” de la ruta.

Fue en este tramo de carretera donde me caí por segunda vez.
En esta ocasión de una manera aún más tonta que la primera, pues quise parar a un lado de la carretera para engrasar un poco la cadena, que iba llena de polvo, y cuando después de soltarme los pies de los pedales paré para bajarme, resultó que no había desenganchado bien uno de ellos y me fuí al suelo. Estaba completamente parado. No me hice ningún daño, pero ya me vale. Alguno que venía detrás se interesó por mi estado, pues pensaban que me había ocurrido algo, supongo que porque les pareció una caída extrañísima.

Bueno, después del engrase seguí adelante, y nos volvimos a meter por camino de montaña para iniciar la que sería la ascensión más larga del día. Íbamos a encarar la subida a Cruz de Fuentes, larguísima ascensión de unos 16 kilómetros, con un desnivel de casi 1000 metros, y que habría que tomársela con calma.

En el avituallamiento que tenían justo antes de iniciar la subida no tenía pensado pararme, pues iba bien de fuerzas y bien aprovisionado de líquido y comida.
Sin embargo, al llegar allí oigo que me llaman, y al girarme me llevo la gran sorpresa de ver a Carlos y compañía, que estaban a punto de salir. ¡Vaya gracia, pero si tenían que estar a kilómetros por delante mío! Resulta que habían aprovechado ese punto para reagruparse, Carlos, Javi, Juan y Jorge (no recuerdo si también Fonsi), además de que allí estaban, como no, Cristina y demás acompañantes del coche de apoyo.

Aproveché para dejar en su coche la cámara de vídeo y el chubasquero, pues estaba claro que no lo iba a necesitar, y seguimos adelante, otra vez el grupito junto.

La alegría de encontrarme con el grupito y las "animadoras"


Empezamos a subir a un ritmo muy fácil, y rápidamente Carlos y Javi se escaparon del resto, pues ellos iban realmente bien.
Yo me quedé un ratillo con Juan y Jorge, que iban más justos de fuerzas, junto a un pequeño grupillo de tres o cuatro al que nos unimos, y después de intercambiar impresiones decidí adelantarme, pues iba muy incómodo allí metido, sin aire fresco por delante, y a un ritmo demasiado bajo para mí. Me acordé de la primera caída que tuve, y pensé que lo mejor era ir a mi ritmo, fuera más rápido o más lento que el de los demás.

Así que fui tirando para arriba, sin la menor intención de coger a Carlos y Javi, y simplemente disfrutando de lo que iba a ser una subida realmente larga. La pendiente no era exagerada, un 7, un 8%, por ahí iba rondando, así que se trataba de ponerse un ritmo e ir tirando.

Iba adelantando a algunos, no porque yo fuera muy rápido, si no porque a esas alturas de la prueba la gente ya iba muy tocada. También me adelantó alguno a mí, que todo hay que decirlo.
Fuí subiendo a mi ritmo, constante y usando un desarrollo fácil, pues los isquiotibiales me estaban volviendo a dar avisos de agarrotamiento.

Las vistas durante la subida, para qué decirlo, magníficas. Como subiendo al Moral, grupos de vacas y de caballos pastando por las laderas, todo verde, con nieve en lo alto de las montañas.
No hice fotos más que en los avituallamientos, y no fue por ganas, pero es que si te parabas a hacerlas no llegabas nunca, y es que era para estarse todo el día haciendo fotos.

Iba subiendo bastante bien de fuerzas, regulandome perfectamente, cuando ya por fin (digo por fin no porque lo deseara, sino porque estaba claro que pasaría) me pegó el viaje definitivo, y alguno de los músculos de los isquiotibiales de la pierna derecha dijo basta. Que me da, que me da, que me dió.

Tuve que bajarme de la bici rápidamente para hacer el estiramiento pertinente. Aún así no se me quitaba del todo el calambrazo. En cuanto flexionaba la pierna para ver qué tal, ¡zas!, me volvía a dar. En una de éstas, mientras estiraba la parte trasera, ¡toma!, calambrazo en la parte delantera, en el vasto externo.
Maaaalo!!!! Cuando estás estirando unos músculos y te dan calambres en los contrarios, ya puedes rezar.

Allí estuve unos minutos, estirando por aquí, estirando por allá, y masajeándome la pierna para conseguir relajar la musculatura. Al final decidí que lo mejor era continuar andando, así no me quedaba parado, los músculos no se enfriarían, y quieras que no, iría avanzando hacia la cima.

Fue una lástima, pues me encontraba muy bien (cansado, pero bien). Creo que iba bien hidratado y alimentado, pero está claro que los kilómetros acumulados (ya más de 100) y las dos subidas largas que estábamos haciendo habían fatigado en exceso al músculo, y es que estás muchos minutos seguidos haciendo el mismo movimiento repetitivo.

Empecé a hacer cálculos, y llegué a la conclusión de que si hacía andando las subidas que me quedaban (a un ritmo de 4 ó 5 km/h) y subido en la bici las bajadas, podría llegar a meta dentro de las 16 horas. Sí, iba a ser un fastidio, pero estaba mentalmente preparado para hacerlo, y es que me encontraba muy bien de ánimos, y no tenía para nada intención de retirarme. Eso sí, si no se me acabaran los calambres y me resultara muy jodido caminar, tendría que abandonar. Pero eso ya se vería.

De momento, seguía caminando hacia la cima, a la que calculé que tardaría algo menos de una hora en llegar, y es que aún me faltaban unos 3 kilómetros.
El ver como me iba adelantando todo el mundo me desanimaba un poco, pero sólo un poco. También yo adelanté a alguno que iba peor que yo, o que estaba parado a un lado del camino, intentando recuperarse un poco.

Mientras caminaba, bebía isotónico para que no me faltaran electrolitos, y también me comí casi obligado una barrita energética que parecía chicle, y de la que acabé por escupir el último trozo. Es que me estaba entrando fatal, pues tenía el estómago medio revuelto de tanto líquido isotónico, y de tanto gel, barritas y plátanos como había comido.
En ese momento me habría comido unas buenas lonchas de jamón serrano con un poco de vino, pero cosas dulces no me entraban. Hubo un momento en que me sentí hasta casi un poco mareado. Y es que seguramente había comido demasiado para el calor que estaba haciendo, y el estómago no podía hacer bien la digestión, influido también por el tremendo esfuerzo que estaba haciendo.

Me paré alguna vez más, para estirar otro poco la musculatura, a la vez que me daba un pequeño masaje.
Poco a poco fuí avanzando, hasta que al fin, después de casi tres cuartos de hora caminando, llegué a la cima de Cruz de Fuentes.

Otro avituallamiento “imprevisto”. Qué bien currado, de verdad.
Las vistas, por supuesto fabulosas. Por suerte allí no hacía tanto calor, aunque el sol pegaba con mucha fuerza. También el hecho de haber subido andando esos últimos kilómetros había hecho que mi cuerpo se recuperara del esfuerzo y del calentón.

Así que realmente paré, no para descansar, si no para estirarme y darme un buen masaje relajante, que de algo me tenía que servir el cursillo de quiromasaje que hice el año pasado. Aproveché para avituallarme de agua y también comí un plátano (sí, un plátano sí me entraba), y una pasta tipo croissant de chocolate que me sentó de fábula.

Enseguida llegó Juan, que venía con cara de estar bastante tocado, y al poco apareció Jorge, que venía aún peor.
Muy bien no tenían que haber subido, porque con todo el tiempo que había perdido, aún llegaron más tarde que yo. Tremendo el esfuerzo que estaban haciendo ellos también. Enhorabuena por tener ese aguante y esa capacidad de sufrimiento.

La verdad es que me encontraba muy bien de fuerzas


Estando allí arriba llegó una chica con la que había coincidido un par de veces, y que se estaba pegando una muy buena marcha también. A su ritmo, sin preocuparse del tiempo que haría, y con la mente puesta simplemente en acabar la marcha. Iba con su pareja y algún amigo más del Club Ciclista Valtueña, de Madrid.

Comentamos un poco cómo estaba resultando el día, y ya nosotros nos dispusimos a seguir. Cuando me quise dar cuenta, Jorge y Juan ya se habían marchado, pensando que yo iba por delante.

Así que empecé la corta bajada yo sólo, en dirección a la también corta subida al puerto de La Palombrera, que se hacía por carretera, y que me costó más de la cuenta por culpa del viento que allí hacía, y de que iba con miedo de que se me reprodujeran los calambres, de tal modo que llevaba un desarrollo facilito e intentaba hacer la menor fuerza posible.
Esta zona de la montaña tenía todavía bastante nieve acumulada, y algunos se paraban a rellenar el bidón o refrescarse con ella.

No recuerdo si antes de llegar al puerto, o una vez pasado éste, me paré a ponerme el cortavientos y los manguitos, pues yo estaba pasando frío. Enseguida reanudé la marcha, ahora de bajada en dirección a la base de la subida hacia Venta Vieja, la última ascensión de este tramo de unos 15 kilómetros en los que hay tres puertos seguidos (Cruz de Fuentes, La Palombrera y Venta Vieja).

Todavía por asfalto, me encontré otra vez con la chica de Valtueña, que se había quedado sóla (creo que porque “mandó” a sus acompañantes que se fueran a su ritmo), y con la que hice toda esa corta bajada. Podría haber pasado de largo, pues ella bajaba a un ritmo más lento, pero como tampoco tenía prisa decidí quedarme y hacer un ratillo juntos. Yo alucinaba de que no tuviera frío, pues iba con un maillot sin mangas, y la verdad es que hacía bastante frío.

Hablando de cómo nos estaba yendo la marcha, le expliqué lo de mis calambres, y resultó que ella llevaba unas pastillas de venta en farmacias que decía eran lo mejorcito para librarse de ellos, y que había tomado como preventivo.

Al llegar al final de la bajada y empezar otra vez pista forestal de subida a Venta Vieja, nos paramos un momento para que me diera una de esas pastillas milagrosas.
Y es que no tenía nada que perder. Si realmente iban tan bien, perfecto. Y si no hacían nada, qué más daba.

Después de la pequeña paradita empezamos la también corta ascensión, por un camino ancho como casi todos los que hicimos ese día. No era una subida para nada dura, y había varios llanos y falsos llanos que te dejaban descansar un poco más. Con un par de compañeros que se nos unieron formamos un pequeño grupito y fuimos charlando hasta que llegamos arriba de Venta Vieja. Cada vez nos quedaba menos camino.

Venía ahora una larguísima bajada, de unos 10 kilómetros, que en su primera mitad era por una pista forestal bastante plagada de piedras sueltas y de piedras de aquellas que medio asoman por encima de la tierra, y que te pueden dar un disgusto en nombre de llantazo si no las pasas con cuidado.

Esta chica, Cristina, que ya nos habíamos presentado, bajaba con bastante cuidado pues no notaba demasiado segura la dirección de su bicicleta, así que rápidamente nos quedamos sólos. Yo podría haber bajado a por lo menos el doble de velocidad a la que íbamos (siempre sin hacer el loco), y eso en 10 kilómetros representa un buen tiempo, pero la verdad, tampoco tenía prisa, y sobretodo, el quedarme con ella me pareció la mejor forma de agradecerle que me hubiera ofrecido la pastilla anticalambres.

Es curioso como muchas chicas bajan más despacio de lo que parece que deberían, y tú crees que van mal, pero luego resulta que cuando llegan las subidas, no veas cómo tiran.

Alguno se nos fue acoplando, y ya el último trozo de bajada se hacía por carretera, en dirección a noséquépueblo.
Me adelanté un poco a los demás, y como Cristina me animó a marcharme, y viendo que no iba sóla, decidí tirar más rápido. De todas maneras nunca me llegué a desenganchar de ellos.

Después de pasar un par de pueblos, en los que como en todos los demás la gente nos animaba, rehicimos el tramo de carretera que llevaba hasta Barcena Mayor, donde estaba instalado otro avituallamiento, y el punto de control al que había que llegar antes de las nueve de la noche para evitar que te desviaran hacia Cabezón.

No había problema, íba bien de tiempo.

Al llegar al avituallamiento, me encuentro con que estaban allí las integrantes del “coche escoba”, con Cristina y Patricia a la cabeza. Como en toda la ruta, una alegría encontrarme con ellas, pues aunque no tengo problema en ir todo el camino yo sólo, cuando te encuentras a conocidos te da un plus de ánimos.

Carlos y Javi (creo que Fonsi también) ya habían marchado, y Juan y Jorge estaban a punto de hacerlo. Me comentó Cristina, la mujer de Juan, que de los que venían por detrás (Distrito 18) alguno estaba pensando en abandonar. Y es que realmente es una marcha muy dura.

Cristina (mi compañera ocasional) pasó de largo el avituallamiento mientras me decía que ya nos encontraríamos arriba. Sí, pensé yo, a ver cómo se me da la subida.

Me paro a saludar, y Cristina sigue


Después de quitarme el cortavientos y los manguitos, cambiar los cristales oscuros de las gafas por los blancos, reponer agua, comer un plátano, seguramente también un gel, y de acabar por hacerle caso a un miembro de la organización que me aconsejó beber cocacola porque me iría mejor que el líquido isotónico, del que decía tendría el cuerpo ya saturado, me despedí de las chicas y empecé la ascensión.

Por este lado, la ascensión al Moral iba a ser de unos 10 kilómetros, según me había fijado horas antes al bajarla.
Así que calculé que en una hora y media como mucho me plantaría en la cima.

El camino empieza sin gran pendiente, con lo que te puedes “dejar llevar”.
Rápidamente me di cuenta de que en la bajada que había hecho horas antes no había podido apreciar en toda su magnitud la belleza de estos parajes, con el río (o arroyo) Juzmeana desbordante de agua, flanqueado por grandes grupos de piedras, con pequeños saltos de agua en su recorrido, y con un bosque por el que discurría, realmente bonito. Daban ganas de pararse a hacer muchas fotos, y lamenté que la cámara de vídeo se hubiera quedado sin pilas tan pronto.

Mentalizado de que la pastilla milagrosa efectivamente iba a realizar su trabajo, fui avanzando en la subida, a un ritmo realmente bueno, pero sin querer forzar para nada, por si acaso. De hecho, el gemelo de la pierna derecha (algo pasa con mi pierna derecha, creo que la posición del pie en el pedal), me estaba dando pequeños avisos, que fui resolviendo forzando la posición del pie al realizar la pedalada.

Iba bien de fuerzas, lo que demostraba que me había regulado muy bien durante toda la marcha, y según subía adelanté a algunos participantes (alguno a pie) a los que les hacía algún comentario sobre lo poquito que nos quedaba ya.

Aunque no debería de decirlo yo, durante toda la marcha, sobretodo a partir de la primera subida al Moral, a todo aquel al que adelantaba (fuera ciclista o maratoniano) le daba ánimos, o como mínimo intentaba cruzar unas palabras con ellos, sabedor de que todos, en algun momento agradecemos el hecho de que los que nos adelantan tengan el detalle de por lo menos saludarnos.

Acabé por alcanzar a un grupito en el que iba Cristina, mi farmaceútica particular, y después de cruzar unas palabras con ella seguí adelante, pues realmente me notaba muy bien de fuerzas.

Finalmente, después de poco más de una hora de ascensión, llegué a lo alto del Moral, donde paré unos minutos en el avituallamiento que tenían allí.
Ya me tomé el que sería el último gel del día, eché una meadilla, bebí agua, y aproveché para volver a ponerme el chaleco cortavientos y los manguitos, que ya sólo quedaba bajada y llano, y seguramente se me haría de noche.

Tengo que decir, aunque sea un detalle de relativa importancia (pero que se sepa, coño), que el cortavientos me lo puse por debajo del maillot, lo que parece una tontería, pero es que quería, al entrar en meta, hacer un pequeño homenaje a esos tres mosqueteros de la bici que son el Komando Herráez (Carlos, Jorge y Juan). Que sepáis que lo he llevado con orgullo.

Un poco antes de reemprender el camino apareció Cristina, a la que no me dió tiempo de hacerle una foto. Me saludó y siguió para abajo sin parar en el avituallamiento. Qué tía.

Ya continué camino, por un primer tramo de bajada, en el que volví a coger a Cristina, que bajaba con precaución, y juntos encaramos el pequeño tramillo de repechos y falsos llanos que preceden a la larga bajada hacia meta.

En uno de estos aprovechamos para hacernos una foto de recuerdo, que al final es lo que te vas a llevar a casa. Aunque la foto no me quedó nada bien (para variar), la vista que teníamos a esas horas era espectacular, con el sol ocultándose ya, y con una densa niebla que empezaba a formarse abajo en los valles. Un paisaje realmente bonito.

¡Qué poquito nos quedaba!


Ya despúes de eso sólo nos quedaban unos 20 kilómetros, la primera mitad por la pista forestal que habíamos hecho de subida horas antes. ¡Qué placer hacerla ahora, sin sol, y de bajada! Vaya cambio.

Al poco de empezar la bajada, ¿quién estaba allí, a un lado del camino, animando sin parar? Pues el tío del cencerro. ¡Im-presionante! ¿Pero qué hace ahí todavía, si lleva todo el día animando a la gente y dándole al cencerro? ¡No veas qué mérito tiene! La verdad es que se agradecen sus palabras y sus ánimos. Qué gran tipo.

La bajada se podía hacer realmente rápida, pero al igual que en la bajada desde Venta Vieja, decidí que ya no me iba de ahí, y me quedé con Cristina, que iba a una velocidad bastante más baja de lo que yo habría mantenido en caso de ir sólo. No importaba. También tiene su encanto el compartir unos kilómetros con alguien a quien acabas de conocer, y que además ha tenido el detalle de echarte una mano.

Mientras bajábamos nos iban pasando otros corredores, alguno a velocidades realmente altas, y había que ir con cuidado y mirando para atrás, porque la mayoría no avisaban de que venían, y de repente pasaban por tu lado, lanzados.

Alguno se quedó detrás nuestro, supongo que porque tampoco le apetecía ir a toda velocidad. A esas alturas del día, ya había encendido la luz trasera, para que se nos viera desde lejos. Aún se veía bastante bien el camino, con lo que la delantera no era necesaria. Sobretodo se trataba de que nos vieran bien los que venían por detrás.

Al rato se acabó la pista forestal y empezó un tramo asfaltado, en el que ya hubo que encender la luz delantera, pues había oscurecido bastante.
Se nos unieron un par de compañeros, uno con una luz muy potente, e hicimos un pequeño trozo juntos. Adelantamos a una chica que iba sin luz, y cuando me quise dar cuenta ya no venía detrás de nosotros. Me supo mal, pues yo pensaba que había aprovechado para unirse al grupillo, que íbamos bien iluminados.

Poco después, y aprovechando que la oscuridad la resguardaría, Cristina y yo paramos para que ella hiciera una última parada “táctica”, pues ya no aguantaba más, con lo que ya nos quedamos sólos.
Enseguida llegamos a la carretera que nos llevaría hasta Cabezón de la Sal. Sólo nos faltaban 5 ó 6 kilómetros, que hicimos a un buen ritmo, casi se puede decir que sobrados de fuerzas.

Ya llegando al pueblo saqué la cámara de fotos y puse en marcha la grabación de vídeo, que me hacía gracia tener grabada la llegada.

Al llegar a meta, un montón de gente animando y aplaudiendo, algunos del pueblo, otros serían corredores que ya habían llegado o acompañantes de los que aún tenían que llegar. La verdad es que es muy bonito llegar así al final de la larga ruta, con gente que sabe valorar el tremendo esfuerzo que acabas de realizar.

Al llegar a meta, un abrazo con Cristina, y allí estaban los compañeros con los que inicié la marcha, Carlos, Juan, Jorge, Javi, Fonsi, y por supuesto las integrantes del grupo de apoyo, con Cristina a la cabeza.

Aunque no entré eufórico, no porque no me pareciera una gran gesta, que sí me lo pareció, luego viendo las fotos me he dado cuenta de que sí que estaba muy, muy contento, y es que no había para menos.

La verdad es que estaba muy contento


Eran las diez y media de la noche, y después de 14 horas y media de camino, había llegado a la meta, y había conseguido mi objetivo, que era acabar la prueba.

Después de despedirme de mi compañera ocasional de ruta, nos dirigimos a comernos el preceptivo plato de ensalada de pasta que nos tenía preparado la organización.
Comentarios sobre cómo nos había ido a cada uno de nosotros, y sobre como había ido todo en general. Más tarde volvimos a la meta, donde se quedaron todos menos Carlos, Jorge y yo, pues aún tenían que llegar el resto de componentes del Distrito 18.

Ya en el hostal, una buena ducha calentita, y más tarde a dormir, que al día siguiente tocaba hacer el viaje de vuelta.


CONCLUSIONES

En definitiva, un gran fin de semana por tierras Cántabras, en las que he sido capaz de realizar una prueba de gran exigencia física, disfrutando de los paisajes, del buen ambiente reinante, de la gente del lugar, y conociendo a otros locos que como yo nos atrevimos a empezar esta pequeña aventura.

Durante toda la prueba fui increiblemente bien mentalizado. Siempre con optimismo, nunca me importó cuántos kilómetros llevaba o me faltaban. La verdad es que iba muy bien preparado psicológicamente, y acabé la prueba muy bien de fuerzas, supongo que me regulé bien.
No tuve molestias de ningún tipo en los tendones ni en las articulaciones, y aún teniendo la mala suerte de sufrir esos calambres, no tuve ningún percance físico ni tampoco mecánico. Ni pinchazos, ni roturas de cadena, ni caídas de importancia. Por otro lado, el haber sufrido los calambres me permitió compartir unos kilómetros con Cristina, la chica de Valtueña, y es que siempre digo que las cosas ocurren por algún motivo.

Conocimos a Noe, de la que me queda una gran impresión, y a la que hay que felicitar por la marcha que hizo, llegando cuatro horas antes que yo, con una bici con un sólo desarrollo, y después de haber recibido una mala noticia personal a media ruta. Sólo una persona como ella es capaz de acabar en esas circunstancias. Enhorabuena. Eres increible.

Juan y Javi, con los que compartí unos kilómetros y algunas vivencias, fueron muy buenos compañeros de ruta y de fin de semana. Espero poder volver a pedalear junto a ellos. Enhorabuena por la ruta que hicísteis. Es sorprendente como Juan se pasó media ruta (exagero un poco) diciendo que abandonaba, y aún así el tío no veas que bien acabó. Además es el artífice de que todos nosotros hayamos conocido y participado en esta tremenda prueba. Gracias por todo.

Y a Fonsi y los demás compañeros de Madrid, con los que no tuve la oportunidad de relacionarme mucho, felicitarles también por hacer la marcha, y aunque alguno no la pudo acabar, hay que felicitarle también por haberlo intentado, y haber conseguido realizar casi todo el recorrido. Si es que era muy dura.

Hay que darle las gracias a Cristina, la mujer de Juan, y también a Patricia, y no recuerdo los nombres del resto de componentes del “coche escoba”, por estar ahí durante toda la prueba, pasando todo el día animándonos a unos y a otros, dándonos apoyo logístico y haciendo fotos de todos nosotros. Sinceramente muchas gracias. Encima son muy buena gente.

Jorge se pegó la paliza del viaje conduciendo todo el camino, mientras yo dormía a ratos, y entre ida y vuelta a Barcelona, se metió la marcha de por medio, medio enfermo que estaba, y con menos horas de sueño de las que uno desearía ante un reto así. Si llegas a estar más descansado, te sales. Enhorabuena por tu gran aguante.

Carlos, como siempre, siendo mi tortura personal, ¡ja, ja!, y seguro que yo la suya. Esperando a unos y a otros, siempre preocupándose por si íbamos mejor o peor. El día que haga la ruta a su rollo, no quiero ni pensar qué tiempo será capaz de hacer. Enhorabuena a tí también. Por fin has podido hacer El Soplao, con las ganas que tú tenías. Ya verás como el año que viene repites, y encima esta vez a mejorar tiempo.

Cristina, compañera circunstancial de mis últimos kilómetros, hizo una muy buena marcha, siempre a su ritmo, intentando regular bien para poder acabarla, dándole igual el tiempo. Gracias por la pastillita milagrosa, y por la compañía y la conversación. El día que hables menos y respires más, la acabas a media tarde, je, je. De verdad, enhorabuena por acabarla. Y también a tu novio y al resto de tus compañeros.

También quiero agradecer a familiares y amigos, que me llamaron o mandaron mensajes durante o antes de la prueba, el apoyo y ánimo recibido por su parte. Es bonito que se acuerden de tí en esos momentos.

La gente de todos aquellos pueblos, de monumento. Desde primeras horas de la mañana, hasta últimas horas de la noche, en la calle, animando a todos los que pasábamos por allí, aplaudiendo y haciendo que nos sintiéramos un poquito más grandes.
Y toda la gente, del lugar o venidos expresamente para la prueba, que te encontrabas por las montañas, en lugares a veces inesperados, animando también. Muchas gracias a todos.

Y la organización, sencillamente de quitarse el sombrero. Avituallamientos por doquier, incluso donde no estaba previsto. Ambulancias, coches y quads de asistencia sanitaria y mecánica, por todo el recorrido y también en los avituallamientos. Protección Civil, Guardia Civil, controles de paso en las carreteras...
En fin, que se lo curraron muchísimo para hacer que los participantes y acompañantes pudiéramos disfrutar totalmente de este gran día.

Gracias a todos por ayudar a que este fin de semana haya sido realmente inolvidable.

Si todo va bien, y no me da por colgar la bici, el año que viene repito.

Bruno

jueves, 27 de mayo de 2010

Condropatías tontolianas


Hoy he ido al traumatólogo a cumplir con la visita que tenía pendiente desde hacía varias semanas.
Además me tenían que hacer unas radiografías para ver cómo tenía la codropatía rotuliana que me diagnosticó hace 6 años en ambas rodillas, después de unos dolores que tuve en uno de los intentos que hice de volver a salir en bici con asiduidad.

La cosa se mantiene ahí, no empeora. Dice que mientras no las machaque mucho, aguantarán. Que la bicicleta de montaña no es precisamente lo mejor para ese problema. Con sus baches, sus saltitos, sus continuas exigencias sobre tendones y articulaciones.
Que sería mejor que hiciera carretera, o montaña pero por zonas llanas, y haciendo sólo un par de horitas. Que si no, con el tiempo iré cogiendo números para que acabe con problemas más serios.

¿Qué puedo decir?
Pues que el sábado, después de 14 horas con la bici, no me dolía nada. Y que el martes, después de tirar de un par de carros en el trabajo, me dolía el tendón rotuliano izquierdo.
Sin comentarios.

No voy a dejar de ir en bici. No sabe uno nunca cuánto tiempo va a poder hacer algo que le gusta. Quizás de aquí a un año deje la bici de lado por cualquier motivo. Quizá lo haga de aquí a veinte años.
El caso es que ahora mismo estoy muy contento con lo que estoy haciendo, y voy a seguir haciéndolo mientras el cuerpo me lo permita, y yo tenga ganas. Además le estoy pillando mucho el gustillo a esto de las marchas tipo maratón.

Y no quiero darle a este problema más importancia de la que tiene. Tengo casos cercanos mucho más graves que el mío, que no deja de ser una nimiedad al lado de otros.

Así que nada, a seguir tomando potingues para que me aguanten los cartílagos, y según pase el tiempo se irá viendo lo que ocurre.

Estoy seguro de que la inmensa mayoría de deportistas tienen diferentes problemas físicos, de la índole que sea, y que mientras no le impidan totalmente hacer lo que les gusta, no van a dejar de hacerlo.

Eso es lo que voy a hacer yo. Seguir adelante hasta que crea que he de parar.

Saludos para todos los que día a día siguen adelante intentando superar sus problemas, sean deportistas, o no.
El mundo está lleno de casos de gente excepcional. Lo mío es una pequeña tontería al lado de lo que tienen que soportar otros.

Ya me estoy yendo del tema. Siempre me enrollo demasiado...

Bruno

martes, 25 de mayo de 2010

El gran reto conseguido


Bueno, por fin, después de cinco meses de espera, este sábado pasado participé en la cuarta edición de la ya mítica marcha de Los 10000 del Soplao, en Cabezón de la Sal, Cantabria.

Quién me iba a decir a mí hace sólo un año, cuando hacer una salida por Corbera de 20 ó 25 km en un par de horas ya me parecía un gran logro, que un año después sería capaz de realizar una ruta de 165 km, subiendo montañas de más de 1000 metros de altura, y que me estaría todo el día montado en la bici para poder acabarla.

Simplemente el hecho de escribir estos dos párrafos está consiguiendo que se me humedezcan los ojos, tal es la sensación de logro personal que representa para mí el haber podido hacer esta gran burrada. Ni siquiera en el momento de cruzar la meta tuve la sensación que estoy teniendo ahora al escribirlo.

Porque sí, conseguí acabar la prueba, que era el objetivo que me había marcado hace ya cinco meses. Acabarla. Daba igual el tiempo, siempre que fuera dentro de las 16 horas de margen que daba la organización.

Así pues, puedo escribir con gran orgullo personal, que el sábado, a las 10 y media de la noche, después de 14 horas y media, conseguí cruzar la meta de Cabezón de la Sal, jaleado por una pequeña gran multitud de gente que allí estaba.

Gente del lugar, corredores que ya habían acabado, acompañantes o familiares de otros ciclistas, y como no, los compañeros con los que había empezado este gran reto, y que habían llegado antes que yo.

Por el camino, multitud de sensaciones, tanto físicas como mentales.
Momentos de tranquilidad viendo que me encontraba en condiciones de acabarla, momentos de incertidumbre pensando que a lo mejor no podría por culpa de unos calmbres que me dieron, momentos de euforia al ser consciente de que sí la iba a acabar, momentos de sufrimiento bajo un sol abrasador subiendo cuestas interminables, momentos de agradecimiento al sentir el apoyo incondicional de cantidad de gente que te encontrabas por el camino, momentos de complicidad con otros participantes, momentos de disfrute visual por la belleza del paisaje...

Y sobretodo, momentos de tremenda satisfacción personal por el gran reto que estaba realizando.
La satisfacción que te da el ver que el gran esfuerzo por el duro entrenamiento llevado a cabo durante estos meses, está dando su esperado fruto.

El levantarte tantos días entre semana, casi de madrugada, para salir a entrenar antes de ir a trabajar cuando tocaba hacer turno de tardes. Pasando frío en esas duras mañanas de invierno, en las que nunca en la vida habría imaginado que sería capaz de salir a dar pedales por la montaña. Muchos días en solitario, repitiendo una y otra vez los mismos caminos tantas veces recorridos.

Llevarte la comida al trabajo para poder salir con la bici nada más llegar a casa, y luego acostarte tarde y dormir sólo 3 ó 4 horas, cuando tocaba turno de mañanas.

Sacrificar los fines de semana para levantarte cuando aún es de noche para pegarte la gran paliza encima de la bici, y luego no tener ganas ni de salir a cenar con los amigos.

Pedalear durante kilómetros y kilómetros, buscando aumentar poco a poco la resistencia física y mental, intentando no dejar que el desánimo de algunos momentos te haga desistir en tu entrenamiento.

Los miedos a no poder conseguir tu objetivo por culpa de los dolores en tendones y articulaciones, por no tener claro si serás capaz de aguantar tantas horas encima de la bici.
Si tu cuerpo te acabará diciendo que no va a poder aguantar, que ya no tiene edad para eso.

Es ahora cuando me siento tremendamente orgulloso por la labor realizada.

Y cuando puedo por fin agradecer el apoyo y la comprensión recibida por parte de familiares y amigos, a los que he dejado un poco de lado en estos meses en los que sólo he tenido tiempo para mí mismo. Sé que todos sabíais lo que esto representaba para mí. Muchas gracias a todos.
Mención especial a mi madre, que es un caso aparte.

No quiero acabar este pequeño prólogo a la crónica que haré en cuanto pueda, sin dar un agradecimiento especial a ese gran “gregario” que he tenido durante estos meses de entrenamiento.

Ese compañero de fatigas que me ha ido guiando y ayudando en tantas y tantas salidas que hemos realizado juntos, y sin la influencia y ayuda del cual no habría sido capaz de conseguir realizar esta gran meta.

Dándome consejos, dándome ánimos, teniendo paciencia y esperándome tantas veces, cuando inevitablemente yo me quedaba atrás por tener menor nivel físico y “ciclístico” que él. Un poco pesado a veces, sí, pero un gran amigo, y un gran compañero sobre la bici.

Muchas gracias Carlos. Txarly. Qué grande eres.

Bruno

lunes, 17 de mayo de 2010

Sábado pre-Soplao


Antes de ayer sábado hice las últimas pruebas de cara al Soplao, que es el fin de semana que viene. Estrenaba sillín y culotte, y además había retocado ligeramente la posición de la cala izquierda. Sí, un poco tarde para hacer este tipo de pruebas, pero mejor hacerlas tarde que irme a Cantabria con la duda.

Hasta el último momento no tuve claro si salir con Carlos y Jorge, con los que iré al Soplao, o salir yo sólo, por aquello de que a lo mejor tendría que parar a hacer algún retoque de sillín o de pedal. Finalmente decidí salir con ellos, pues era la última oportunidad que teníamos de hacer una ruta juntos antes de la burrada del sábado que viene.

Habíamos quedado en Corbera a las 8 de la mañana. Ellos saldrían de L’Hospitalet una hora antes. Así que aproveché para apurar horas de sueño.
A la hora acordada nos encontrábamos en la rotonda de Can Xorra, ellos ya calientes después de una hora y 20 kilómetros ya pedaleados, y yo frío, pues había salido sólo unos minutos antes, por asegurarme de que tenía bien posicionados el sillín y la cala del pedal.

Empezamos en dirección a Corbera Alta, donde el rótulo de la farmacia nos anunciaba lo que ya sabíamos, y que era que, a pesar de ser una mañana soleada, hacía bastante fresco, pues sólo había 8ºC de temperatura. Bueno, ya calentaría el sol más adelante.

Salimos de Corbera en dirección al puerto de La Creu Aregall, pasando algo de frío en el tramo entre Corbera Alta y el principio de la subida a La Creu, y conmigo siempre unos metros por detrás de ellos, que me iban esperando, pues aún estaba frío y no tiraba mucho, la verdad. La subida fue más o menos igual.

Además, ya en los primeros kilómetros me dí cuenta de que el sillín me iba a “dar problemas”, y que el culotte, con una badana bastante gruesa, tampoco iba a ser lo que yo me esperaba, aunque esto último podía ser consecuencia del sillín.

Una vez llegamos arriba del puerto tocaba bajar hasta Gelida, con el cortavientos bien cerrado y los manguitos subidos, pues a esa parte de la montaña no le da el sol hasta bien entrado el día. Así que la bajada fue más fría de lo que nos habría gustado.

Al llegar a Gelida decidimos bajar hasta el puente sobre el río Anoia, para luego volver a subir a La Creu Aregall, pero una vez en el río cambiamos los planes y seguimos recto, por el Camí de Can Bargalló, una carreterilla que discurre entre zonas de cultivo.
Unos minutos más adelante nos llevamos la sorpresa de aparecer en la prisión de Can Brians. Vaya visita rara que hicimos.

Seguimos adelante, pasando por el Polígono Industrial de Sant Esteve, para ir a salir a la carretera de Piera, a la que nos incorporamos en dirección a Martorell.

No me notaba nada cómodo, ni con el sillín, ni con el culotte, ni con la posición del pie izquierdo, que me estaba dando molestias en la rodilla. Como no se trataba de parar para hacer ningún tipo de ajuste y romper el ritmo de Jorge y Carlos, seguí adelante pensando que lo que tocaba era aguantarme.

Entramos en Martorell por la zona del Pou del Merlí, y lo atravesamos para ir a coger la carretera que va a Terrassa, de la que enseguida nos desviamos para seguir, en paralelo a la autovía, por la carretera que va a Olesa de Montserrat.

En este tramo notamos mucho el fuerte viento que hacía, y aunque iba muy a gusto a cola de nuestro pequeño grupillo, en algún momento me puse delante para ser yo el que se tuviera que pelear con el viento.

Una vez pasamos por la urbanización Les Carpes, de Abrera, nos desviamos por la carretera que sube a Ullastrell, y que es una ruta típica que ellos habían hecho (Jorge aún la hace de vez en cuando) con la bici de carretera. La verdad es que es una subidita chula, con poco tráfico, y con buenas vistas.

La subida, que empieza pasando por Santa María de Villalba, tiene 7 u 8 kilómetros, y es de una pendiente media, que permite subir a un buen ritmillo. Después de una pequeña paradita que hicimos al empezar, ya luego cada uno subimos a nuestro ritmo, con Carlos siempre por delante, Jorge en “tierra de nadie”, y yo a una distancia prudencial de él.

Carlos aprovechó que nos llevaba ventaja y se paró a hacernos unas fotos.

Subiendo a Ullastrell


Ya otra vez juntos pasamos por Ullastrell, y al llegar a la carretera de Terrassa (de la que nos habíamos desviado nada más salir de Martorell), la cogimos para hacer la larga bajada que va a parar otra vez a Martorell, pasando por la urbanización Can Santeugini.

En la bajada, dándonos relevos para turnarnos al frente del grupillo, y para que Carlos hiciera unos vídeos de prueba con la minicámara que llevará al Soplao. En este tramo de la ruta me dí cuenta de lo mucho que cambia el ir a cola o en cabeza de grupo, pues como durante toda la mañana, el viento soplaba con algo de fuerza.

Atravesamos la parte antigua de Martorell para salir en dirección a Gelida, pasando por Castellví de Rosanes. Ahora íbamos a un ritmo más tranquilillo, pues luego nos iba a tocar subir hasta el puerto de La Creu Aregall.
Hidratándome bien, como durante toda la salida, y tomándome un gel para afrontar la subida con más garantías.

De camino a Gelida, aproveché que el ritmo no era muy fuerte para adelantarme unos metros y hacerles unas fotos a Carlos y Jorge. Como no, esto también me vino muy bien para aliviar unos instantes el ya fuerte dolor que estaba soportando en el culo. A estas alturas ya tenía claro que el sillín que había comprado no lo iba a llevar al Soplao, pues me parece que es demasiado estrecho para mí, con lo que no apoyo bien los isquiones.

Jorge, de camino a Gelida

El otro loco


Ya al llegar a las inmediaciones de Gelida empezamos la subida a La Creu, a un ritmo bastante pausado, que yo agradecí al principio. Luego, una vez cogí mi ritmo, me pareció que podía subir un poco más rápido, y aprovechando que íbamos a parar en la Font de la Saborida a rellenar los bidones, decidí incrementarlo y alejarme un poco de ellos.

Hay que decir que Jorge en esos momentos estaba pagando un poco el alto ritmo con el que ellos dos habían empezado el día, aunque no por eso iba parado ni mucho menos. Carlos se debatía entre esperar a su primo o “picarse” conmigo y tirar más fuerte. Viendo que su primo no iba tan mal, acabó por darme caza y sobrepasarme sobradamente. Qué fuerte está el tío, aunque él diga que no.

Al llegar a la fuente, paradita para coger agua, hacernos unas fotos, y descansar un poquillo.

Los dos primos, llegando a la fuente

El equipo, en la Font de la Saborida


Ya lo que quedaba para llegar arriba del puerto era poco, y una vez allí, nos metimos por la urbanización para ir hasta la cruz que le da nombre, ya que Jorge no había estado nunca. Por supuesto, allí hicimos las fotos de rigor y disfrutamos de las buenas vistas.

Después de la “visita turística” ya encaramos la bajada hacia Corbera, adonde llegamos después de 75 kilómetros y 4 horas de pedaleo (en mi caso, que ellos llevaban una hora y 20 kilómetros más que yo). Por el camino, breve parada para saludar a Elena, amiga a la que hace tiempo que no veía, y con la que nos encontramos llegando a Corbera.

En mi casa nos despedimos, ellos con la intención de quizás hacer aún un rato más (aunque Jorge tenía que llegar pronto a casa), y yo con la idea de subir a casa, poner el sillín que había estaba usando últimamente, y volver a salir a hacer unos cuantos kilómetros más. Quería tener claro que el sillín que había estrenado era lo que me había estado fastidiando durante toda la mañana (ya lo tenía claro, pero quería comprobarlo para quedarme tranquilo).

Cambié el sillín, retoqué la posición de la cala del pedal izquierdo (que me había estado dando molestias en la rodilla), y volví a salir a la calle, con la intención de subir otra vez a La Creu Aregall, por aquello de tener que estar unos cuantos minutos seguidos sentado, y así comprobar fehacientemente que con el sillín viejo no sufría tanto dolor en las posaderas.

Después de toda la mañana siguiendo el ritmo de aquellos dos, y de haberle metido caña en la subida a La Creu desde Gelida, ya no tenía las piernas para muchas alegrías.
En cualquier caso, nada más subirme a la bici ya me dí cuenta de que con el sillín viejo iba mucho más cómodo, así que eso me dió ánimos para afrontar unos cuantos kilómetros más de pedaleo.

La subida a La Creu la hice a un ritmo normalito, aumentándolo poco a poco, y acabando bastante bien de fuerzas (aunque no sobrado). Al llegar arriba, me dirigí otra vez hacia la cruz, pues así conseguía hacer un poco más larga la subida.

En el mirador de la Masía Engracia, en La Creu de L'Aregall

Panorámica desde el mirador


Unas fotos, un poco de descanso, y otra vez hacia Corbera. Había estado barajando la idea de bajar hasta Gelida y volver a subir, pero al final decidí que entre la ruta hecha con Carlos y Jorge, y esta minisalida que estaba haciendo, ya tendría suficiente como último entrenamiento serio antes de la marcha de los 10000 del Soplao. Tampoco se trataba de llegar reventado a casa.

Así que volví hacia Corbera, y al llegar al final de la bajada me desvié hacia L’Amunt, por aumentar un poco los kilómetros, llevando un ritmo de pedaleo bastante alto. Ya en el camino de vuelta me crucé con Ilde, y aprovechamos para charlar unos minutillos, que ya hacía tiempo que no nos veíamos. Que casualidad que en la misma mañana me encuentre con la pareja, Elena e Ilde, a los que no veía hacía semanas. Una alegría más de la ruta ciclista.

Finalmente, llegué a casa después de haber hecho una mini salida de 22 kilómetros en algo menos de una hora y cuarto de pedaleo. Más que eso, lo importante fue que llegué contento porque con este otro sillín, aunque también acabaré con el culo escocido, estoy convencido de que aguantaré mejor la gran cantidad de horas encima de la bici que tendré que pasar en el Soplao.

Juntando las dos rutas del día, acaba saliendo un recorrido de 97 kilómetros y 2100 metros de ascensión acumulada, en un tiempo total de 6 horas, con 5 horas y cuarto de pedaleo. Bueno, tampoco está mal.

El perfil del Soplao sí que da miedo...


Ahora toca recuperar bien, salir un ratillo el martes, y ya luego descansar, y comer y dormir bien, para llegar al sábado que viene con todas las fuerzas posibles, y poder así encarar bien la tremenda marcha que haremos allí en Cantabria.
Sólo con pensarlo ya cansa: 165 kilómetros, con casi 5000 metros de desnivel acumulado. Ahí es nada.

A ver cómo se nos da...

Bruno

jueves, 13 de mayo de 2010

Subiendo la moral


El martes me llevé la comida al curro, con la intención de llegar a casa comido y coger la bici para hacer una salida de 3 ó 4 horas. A la hora de la verdad, ni tenía hambre, ni ganas de llegar a casa recién comido y coger la bici. Así que me fuí del trabajo sin comer, y pensando "ya veremos qué hago cuando llegue a casa".

La clave fue encontrarme a Jorge al salir de trabajar.
El primo de Carlos, con el que iremos al Soplao, me estuvo comentando la marcha que había hecho este domingo pasado, la Terra de Remences, de 175 km, para bicicleta de carretera. Le había ido muy bien (enhorabuena), y había recuperado la moral de cara al Soplao, pues últimamente se notaba un poco bajo de forma.

Hablamos un poco de la "táctica" que habrá que seguir en el Soplao, ir en grupo, a un ritmo tranquilo, parando en todos los avituallamientos, y de que así conseguiríamos acabarla más o menos bien.

Y también estuvimos comentando que para ese día (el martes) lo ideal era hacer una salida que no fuera exigente en lo que a desnivel se refiere, para así disfrutar de la ruta y no llegar a casa machacado moralmente.

Y así fue como, al llegar a casa, y después de tener que obligarme un poco, me preparé, comí un par de barritas energéticas, y salí dispuesto a hacer una salidita corta, de disfrute más que nada.

Desde casa fuí hasta Corbera Baja, para coger el camino del Cau de la Guineu (por fin habían quitado los árboles de en medio del camino) en dirección a la N-340.

"Chino-chano", sin forzar, pues me notaba un poco cargado de piernas, llegué a la carretera y me incorporé a ella para subir hasta La Creu d'Ordal, en el antiguo puerto. Subí a un ritmo bastante bueno.

Al llegar allí hice un pequeño tramo de tierra para subir hasta la base de una antigua torre del Telégrafo Óptico, ahora en ruinas, y amenazada de derrumbe por los límites de las enormes canteras que hay en esa zona del Ordal.

La vieja torre del Telégrafo Óptico del Ordal


Después de un rato largo haciendo fotos (no quería tomarme la salida en plan entrenamiento estricto) decidí dar la vuelta y bajar hasta la urbanización El Lledoner, para adentrarme por la montaña y bajar hasta Olesa de Bonesvalls.
Por el camino, aprovechando para dar pedales y mantener una buena cadencia de pedaleo.

Antiguo ¿horno de cal?, en las afueras de Olesa


Llegado a Olesa fuí hasta el final del pueblo y dí la vuelta para volver a subir al Lledoner, sin tener claro qué haría luego. La subida, a un ritmo bastante bueno para lo que yo recuerdo que había hecho en otras ocasiones. Y eso que no me notaba muy fino muscularmente hablando, pues tenía los cuádriceps un poco agarrotados.

Una vez en El Lledoner, y viendo que iba bien de fuerzas y de ganas, vuelvo a subir a La Creu d'Ordal, para luego seguir en dirección al Puig d'Agulles por el camino que pasa al lado de las canteras.

A medio camino me paro a hacer unas cuantas fotos del tremendo destrozo que están haciendo (ya hace unos años) en la montaña.

A un lado del camino, una parte de una de las canteras

Al otro lado del camino, una parte de la otra cantera

Aquí hubo un día una colina


Después del reportaje fotográfico sigo mi camino hacia el Puig d'Agulles, pensando en no subir hasta la bola, pues no había necesidad de hacer ese duro último tramo, de rampas del 16-18-22%, y con los últimos metros rondando el 30%, ya que me notaba los cuádriceps y los tendones de las dos piernas un poco fatigados.

Sin embargo, al llegar allí no pude evitar las ganas de subir hasta la cima, y es que muy pocas veces he estado a esa altura del camino y no he subido hasta la bola.

Ya en la cima, y aprovechando que a esas horas los rayos del sol incidían de forma idónea en la montaña, estuve un rato disfrutando de las vistas y haciendo unas fotos.
Y es que era el día de perder unos minutos haciendo fotos, y disfrutar de la ruta de otra manera.

Abajo, el Fondo de Mas Granada

Un día para disfrutar de las vistas

El punto geodésico, y la bola


Después de estar un rato experimentando con el zoom de la cámara, ya inicié el camino de regreso a casa, bajando a la falda de la montaña, y subiendo hasta la entrada de la urbanización Safari, donde aproveché para hacer las últimas fotos del día.

Montserrat desde el Safari


Ya desde allí, carretera de bajada hacia Corbera (dando pedales para aprovechar un poco más la salida), el repecho hasta la entrada del pueblo, y callejeo hasta casa.

Finalmente, después de casi 3 horas y cuarto con la bici, hice una salida de 41 kilómetros en 2 horas y media de pedaleo, con un desnivel de 950 metros.

No está mal para ser de relax


En resumen, una salida de "relax", sin el estrés del entrenamiento estricto, y que me sirvió para recuperar un poquito la moral, pues comparé lo que había hecho con lo que habría hecho sólo hace unos pocos meses, y llegué a la conclusión de que estoy bastante mejor que entonces.

Así, después de que el sábado llegara a casa un poco desanimado (y eso que había batido todos mis records), el martes conseguí re-animarme un poco.

De todas maneras, el Soplaoooo... será otra historia.

Bruno

domingo, 9 de mayo de 2010

Batiendo todos mis records


Ayer batí todos mis records ciclistas.

En una salida de entrenamiento, compartida con Carlos en su mayor parte, y hecha en solitario en su último tercio, acabé haciendo 121 kilómetros y 3220 metros de ascensión acumulada, en 8 horas y 20 minutos de pedaleo, para un total de tiempo de ruta de 10 horas y 40 minutos.
¡Qué burrada!

Lo peor de todo, es que con esto no me basta para sentirme tranquilo de cara a la prueba que haremos de aquí a dos semanas, y que esa sí, será una auténtica burrada.

Nuestra idea era hacer una salida por montaña de unas 10 horas y 100 kilómetros, y que tuviera un desnivel acumulado final bastante importante, pues sólo nos quedaban ya dos sábados para poder entrenarnos haciendo rutas muy largas.

Como el día se presentaba con posibilidad de lluvia, habíamos planeado hacer carretera en caso de que finalmente lloviera o de que los caminos de montaña estuvieran demasiado embarrados.


LA FUSTRACIÓN DE UN BUEN ANFITRIÓN

Después de cinco meses de entrenamiento juntos, ayer era la segunda vez, sí, la segunda vez, que Carlos se decidía a venir a mi territorio para hacer una ruta juntos.
La primera vez que vino había nevado el día anterior. Casi nos congelamos.
Ésta vez, había llovido.

A las nueve menos cuarto de la mañana salí de casa en dirección a La Palma de Cervelló, que es donde había quedado con él. Como había estado lloviendo durante la noche, nada más salir de Corbera me metí por montaña para inspeccionar el estado del camino que baja a La Palma, y que era el punto de partida de la ruta. Media hora después, al encontrarme con Carlos, ya llevaba la bici embarrada y las zapatillas mojadas.

Si ese pequeño tramo que había hecho estaba como me lo encontré, lo más fácil era pensar que el resto de la ruta programada estaría, por lo menos, igual de mal.
Así que decidimos empezar la ruta haciendo carretera, y según avanzara la mañana ya nos adentraríamos por montaña, esperando que se hubieran secado un poco los caminos.

Salimos en dirección a Corbera, pero enseguida se nos ocurrió subir a Fontpineda por la carretera de curvas que hay saliendo de La Palma. Se trataba de hacer subidas, y ésta es una buena. A un ritmo bastante menos bueno de lo deseado (me notaba muy cargado de piernas) llegamos a Fontpineda. Carlos llegó arriba antes que yo, y bajó un par de curvas a mi encuentro.

Una vez allí tuvimos la segunda ocurrencia del día, bajar a Pallejà por una variante que asfaltaron hace unos años, y volver a subir a Fontpineda por la misma. La bajada vertiginosa ya nos fue mentalizando de lo que vendría después, una subida no muy larga, pero con pendientes que se mueven entre el 14 y el 18%, y algún punto del 22%.

Bueno, al regresar a Fontpineda decidimos que ya era buen momento para ir a Corbera y coger la carretera que sube a La Creu Aregall.
Es ésta una carretera que nos conocemos bien, y que se puede subir a un buen ritmo porque no tiene ningún tramo de gran desnivel. Así, ya con las piernas un poco más calientes, llegamos al final del puerto, donde paramos un momento para que Carlos hinchara un poco las ruedas de su bici, momento que yo aproveché para hacer un par de fotos.

Primera ascensión a La Creu Aregall


De momento íbamos sobre el plan previsto, que era hacer un ascenso de 600 metros cada 20 kilómetros, que es la media de lo que nos saldrá en Los 10000 del Soplao.

Como el día se estaba medio arreglando y había salido el sol, le propuse ir hasta el Puig d’Agulles, pues el camino que sube a la bola, aunque estuviera mojado, no es de los que se embarran. Así tendríamos una idea más aproximada de cómo podrían estar otros caminos cercanos, y es que era esa la zona por la que yo tenía previsto que nos moviéramos en caso de que hiciéramos montaña.

De La Creu bajamos por carretera hasta el principio de la subida a la urbanización Safari, cuesta de la que ya he hablado en otras ocasiones, y que ésta vez, con el gps nuevo, pude constatar que sus rampas duras son del 18%, con algunos metros del 22%.

Una vez en la urbanización tomamos camino hacia la falda del Puig d’Agulles, ahora ya por camino de tierra, y de ahí hasta la bola situada en su cima.
Con Carlos siempre por delante, como es habitual, fuimos subiendo sin forzar, pues nos quedaba mucho día por delante. El último tramo, que es el realmente duro, me costó más de lo esperado. Yo creo que no me había recuperado bien de la pequeña salida que hice el jueves, a parte de que ya llevábamos cuatro buenas subidas en pocos kilómetros.

Arriba hicimos la parada de rigor para hacer unas fotos y admirar las vistas (aunque a esas horas de la mañana no había buena luz para eso).

En la bola del Puig d'Agulles


De momento nos habíamos encontrado el camino en buenas condiciones, por lo que propuse ir hasta el antiguo puerto del Ordal por el camino de las canteras, y una vez allí bajar al pueblo (Ordal) y volver a subir al Puig d’Agulles por el camino de Mas Granada. Mi suposición era que estos caminos estarían en buen estado, siempre teniendo claro que algún charco, y algún tramillo con barro nos encontraríamos.

Así fue hasta llegar a La Creu d’Ordal, desde donde bajamos al pueblo. Fue en este camino donde empezó la parte mala de la ruta, pues el camino, que ya de por sí es pedregoso en muchos puntos, nos lo encontramos plagado de charcos y de tramos de barro que nos hicieron bajar mucho el ritmo.

Carlos, aún un poco falto de adaptación a la extrema ligereza de la dirección de su bici, se iba quedando en los tramos en los que podíamos bajar un poco más rápido, y no iba para nada a gusto con esa parte de la ruta. Entre los tramos pedregosos, y las pequeñas paradas para pasar charcos, el ritmo que llevábamos era muy lento, y por tanto se podía decir que estábamos desaprovechando minutos y kilómetros de entrenamiento.

Aunque nos lo estábamos tomando con algo de cachondeo, yo tenía claro que a él no le estaba haciendo nada de gracia el haber ido por ese camino, que todo hay que decirlo, yo no esperaba encontrármelo tan mal. Claro, habría sido mucho mejor bajar por la carretera, y sólo habríamos tardado cinco minutos.

Una vez llegamos al pueblo, quitamos un poco de barro de las bicis y de los pies, y salimos en dirección al Puig d’Agulles por el camino de Mas Granada, y que es un camino de pendiente continua, no muy pronunciada, y que seguro iba a estar en condiciones aceptables, por lo que podríamos hacerlo a buen ritmo.

Nada más empezar, le expliqué a Carlos que el camino era todo recto hasta la cima del Puig, y se fue distanciando rápidamente, pues seguro que iba medio cabreado por el mal rato pasado minutos antes.

Yo fui subiendo a un ritmo normal tirando a bajo, y es que psicológicamente me había afectado esa parte de “desaprovechamiento” del tiempo, y también el hecho de que para una vez que Carlos venía por mi pueblo, la ruta estaba resultando un poco fiasco.

Así, con la única motivación de no hacerle esperar mucho, fui forzando el ritmo para subir medianamente rápido. Ya casi llegando a la parte final de la subida a la bola, apareció él, ya de bajada, y acabamos haciendo juntos los últimos metros.
Ésta vez no subimos hasta la bola, pues no había necesidad de hacer esos últimos 150 metros, y lo que hicimos fue dar la vuelta y bajar hasta la falda de la montaña.

Carlos, que ya cuando estábamos en La Creu Aregall habría querido bajar a Gelida por carretera para luego volver a subir, se dejó convencer por mí de que podíamos intentar bajar por el camino de La Font Freda, y que también va a Gelida, sabiendo que seguramente nos encontraríamos un tramo muy embarrado que nos haría dar la vuelta.

Yo quería intentarlo, pues ese camino, de subida, es perfecto para el entrenamiento que queríamos hacer. Así que hacia allí nos dirigimos. No habíamos hecho ni medio kilómetro cuando ya nos tuvimos que dar la vuelta.
Estaba impracticable.

Ahí ya tuve un bajón importante. Era la frustración del buen anfitrión, que pretende que sus invitados estén a gusto y se lo pasen bien, y en cambio todo sale al revés de como lo tenía planeado. Era la segunda vez que Carlos venía por aquí, y la segunda vez que nos salía la ruta fatal. Además, él tenía la sensación de que estábamos desaprovechando el día, aunque para mí, no llevábamos una media nada mala de tiempo, ascensión y kilómetros recorridos.


LA HORA DEL BOCATA

Bueno, ahora estaba clarísimo que teníamos que hacer carretera y nada más que carretera.

Decidimos volver a La Creu Aregall, para bajar hasta Gelida y luego volver a subir, momento en el que haríamos la parada del día para comernos un bocadillo. De bajada, poco a poco me fui animando, pues aún nos quedaban bastantes horas por delante, y podíamos acabar haciendo una buena ruta.

Al llegar a Gelida, le propongo que bajemos hasta el río Anoia, para así hacer una subida de vuelta más larga y con más metros de ascensión. De manera que pasamos de largo el pueblo y bajamos hasta un puente que cruza el río.
Allí, con las piernas dormidas por la larga bajada, y con menos ganas de las necesarias para afrontar la ascensión, empezamos la subida a La Creu Aregall.

A media subida, ya perdí de vista a Carlos, que iba muy bien de fuerzas y aprovechó para probarse. Yo iba con las piernas muy agarrotadas, y la subida se me estaba haciendo demasiado larga. Aún así, conseguí mantener un ritmo medio bueno, siempre con la sensación de estar forzando un poco más de la cuenta. Pero bueno, como al llegar arriba íbamos a parar a comer, pensé que aunque subiera forzado, luego podría descansar un rato.

Faltándome algo menos de un kilómetro para llegar, apareció Carlos, que venía a mi encuentro. La verdad es que me vino fenomenal, pues en esos momentos iba yo bastante petado, y el subir acompañado ese último tramo fue una gran ayuda.

Una vez llegamos arriba, nos metimos por la urbanización para ir hasta la cruz que le da nombre, que es donde yo tenía pensado que nos comiéramos el bocadillo.

En la Creu de l'Aregall


Después de difrutar de las vistas y hacer unas fotos, y de mantener una conversación un poco surrealista sobre si nos comíamos o no allí los bocatas, resultó que Carlos no llevaba bocadillo porque daba por supuesto que la parada había que hacerla en algún bar.

Qué quieres que te diga, pero yo no he parado nunca a comer en un bar cuando he salido con la bici. Mira, aficionado que es uno. Se ve que eso es lo que hacen los “profesionales”. Pues yo toda la mañana con el bocata y el plátano en la mochila. La verdad es que me parece absolutamente normal. Pero bueno, el cachondeo de Carlos fue mayúsculo.

En fin, que nos dirigimos al restaurante que hay en la entrada de la urbanización, y allí nos comimos unos bocadillos de butifarra, que hay que decir que estaba muy buena.
Eran las tres de la tarde, y llevábamos ya seis horas con la bici.

Después de estar allí casi tres cuartos de hora, volvimos a coger la bici, con menos ganas que nunca, y con la idea de bajar a Corbera y luego decidir qué hacíamos.
Carlos quería estar a las seis en su casa, y además quería acabar su ruta subiendo desde Molins de Rei a Santa Creu d’Olorda, y quizá también al Tibidabo.

Así que fuimos a Corbera, intentando calentar un poco las piernas en la bajada. Al llegar a Corbera Baja, decidimos hacer la subida que va hasta el Hotel Can Rafel, subida no muy larga, y no muy dura (aunque algún tramillo duro sí hay) que nos permitiría aumentar un poco más los metros de ascensión de la ruta

Carlos salió lanzado hacia la cima, mientras yo subía como podía, con el estómago intentando digerir el bocadillo de butifarra, y con muchas ganas de beber agua. Me quedaba un culillo en el bidón, y el isotónico del Camelback no quería ni olerlo. Después de comer no funciono nada bien.

Como en todas las ascensiones del día, antes de llegar a la cima apareció Carlos que venía ya de vuelta. Acabamos juntos la subida, y allí en el hotel paramos para hacer unas fotos y que él admirara las vistas que hay desde allí.

Vaya "vista"


Decidimos entonces que bajaríamos hacia La Palma, para yo luego volver a subir a Corbera, y él irse hacia Molins de Rei.
Según bajábamos, decidí acompañarle hasta la gasolinera del polígono de Les Fallulles, antes del puente de Cuatro Caminos. Allí paramos para despedirnos, y al ver que había instalaciones de lavado, pensamos que lo mejor era lavar las bicis para llegar con ellas limpias a casa. Y es que estaban bastante sucias.

Finalmente nos despedimos, deseándonos un buen final del día, y con la intención ambos de hacer aún unos pocos kilómetros.


BUSCANDO LOS LÍMITES

Llevaba yo en ese momento algo más de 80 kilómetros y cerca de 2300 metros de ascensión, por lo que pensé que sólo con llegar ya conseguiría hacer 90 kilómetros y unos 2500 metros de desnivel.

Aún así, no me quedaba contento con la ruta, con lo que pensé que una vez en Corbera, y según me encontrara de fuerzas y de ganas, intentaría ir otra vez hasta La Creu Aregall.

Aunque no iba sobrado ni mucho menos, ya habían pasado un par de horas desde que comimos el bocadillo, y me empezaba a notar bastante bien.
Pasé por La Palma, y subí hacia Corbera a un ritmo bastante mejor de lo que me esperaba. El culo lo llevaba bastante dolorido, pero aún podría aguantar un rato más.

Me fui mentalizando de que podía hacerlo, y al final me decidí y pasé de largo Corbera, con la idea de llegar al puerto de La Creu Aregall. Ese sí sería un buen colofón a la ruta.

La subida a La Creu, la cuarta de la jornada, no fue rápida precisamente, pero tampoco la hice a un ritmo malo. Simplemente subí con un desarrollo más o menos fácil, y tirando de cadencia de pedaleo. Según subía, hasta se me pasó por la cabeza bajar a Gelida y volver a subir, pero abandoné la idea porque podría haber sido muy difícil la vuelta a Corbera.

Llegué a La Creu, muy contento, con 100 kilómetros ya de ruta, y unos 2800 metros ascendidos, dí la vuelta y me paré un poco más abajo, para hacer un par de fotos de las vistas que hay desde la carretera.

Barcelona desde La Creu

"Esperando al autobús"


Ya de bajada, aproveché para ir dando pedales y así aprovechar un poco más los últimos kilómetros. Viendo que aún estaba algo bien de fuerzas, al llegar abajo me desvié hacia el barrio de L’Amunt, donde dí la vuelta para ir ya hacia casa.

Viendo que aún podía aguantar un poco más (aunque el culo ya iba bastante dolorido), y un poco con la intención de buscar mis límites para mentalizarme de lo que me espera en el Soplao, al llegar a la entrada de Corbera me dí la vuelta y volví a L’Amunt. Una vez allí, otra vez para Corbera, ahora sí, con la intención de ir ya directamente a casa.
Por el camino me crucé con mis padres, que iban a Sant Ponç a oir cantar a la Coral de Corbera. Este fin de semana ha sido el tradicional "Aplec de Sant Ponç".

Poco a poco había aumentado los datos de la salida, y ya había llegado al límite psicológico de las 10 horas de ruta. Viendo que me faltaban pocos kilómetros para llegar a los 120, que podía conseguir también hacer 8 horas de pedaleo, y que estaba cerca de los 3000 metros de ascensión acumulada, me propuse seguir hasta que consiguiera esas cifras.

Así que una vez llegué a casa, me dediqué a subir hasta la Font del Rabadà y bajar hasta la rotonda de Can Xorra, para luego volver a subir hasta la fuente, las veces que fueran necesarias. Finalmente, después de hacer casi por inercia ese pequeño trayecto de unos dos kilómetros hasta tres veces seguidas, me paré ya en casa, totalmente derrotado físicamente, pero muy satisfecho por haber conseguido hacer una salida tan bestia para lo que es mi nivel físico.

No está del todo mal


Al entrar en casa, me sentía muy vacío físicamente. Me comí un plátano, unas galletas con chocolate, y me tomé medio litro de agua con un sobre de recuperador. Por supuesto, a la espera de pegarme una buena cena después de la larga ducha. Ponía en el gps (no es más que un mero dato orientativo) que había gastado 5438 kcal.
!Si eso es lo que como en dos días y medio!

Los tendones rotulianos me molestaron bastante (sobretodo el izquierdo) durante las dos primeras horas de ruta. Luego el dolor que notaba al apretar los pedales fue desapareciendo, de tal manera que cuando ya acababa la salida me alegré de que hubiera sido así. Espero que por lo menos me aguanten hasta que haya hecho la marcha del Soplao.

La conclusión que saco de la salida de ayer es que, sí, hice muchas horas, muchos kilómetros, muchos metros de ascensión, pero que en El Soplao voy a sufrir mucho, pues allí hay mucho más de lo que yo llegué a hacer ayer.

Ayayayayayyyyyyyyyyyyyyyyyyy...!

Bruno