Sin metas pero con objetivos, sigo disfrutando de las bicis y de otras actividades. Intento aprender continuamente para mejorar como persona, física y mentalmente. Este blog sigue siendo una especie de diario personal en cuanto a lo ciclístico, pero va siendo hora de ir añadiéndole algunas cosas más que también captan mi atención...

jueves, 27 de mayo de 2010

Condropatías tontolianas


Hoy he ido al traumatólogo a cumplir con la visita que tenía pendiente desde hacía varias semanas.
Además me tenían que hacer unas radiografías para ver cómo tenía la codropatía rotuliana que me diagnosticó hace 6 años en ambas rodillas, después de unos dolores que tuve en uno de los intentos que hice de volver a salir en bici con asiduidad.

La cosa se mantiene ahí, no empeora. Dice que mientras no las machaque mucho, aguantarán. Que la bicicleta de montaña no es precisamente lo mejor para ese problema. Con sus baches, sus saltitos, sus continuas exigencias sobre tendones y articulaciones.
Que sería mejor que hiciera carretera, o montaña pero por zonas llanas, y haciendo sólo un par de horitas. Que si no, con el tiempo iré cogiendo números para que acabe con problemas más serios.

¿Qué puedo decir?
Pues que el sábado, después de 14 horas con la bici, no me dolía nada. Y que el martes, después de tirar de un par de carros en el trabajo, me dolía el tendón rotuliano izquierdo.
Sin comentarios.

No voy a dejar de ir en bici. No sabe uno nunca cuánto tiempo va a poder hacer algo que le gusta. Quizás de aquí a un año deje la bici de lado por cualquier motivo. Quizá lo haga de aquí a veinte años.
El caso es que ahora mismo estoy muy contento con lo que estoy haciendo, y voy a seguir haciéndolo mientras el cuerpo me lo permita, y yo tenga ganas. Además le estoy pillando mucho el gustillo a esto de las marchas tipo maratón.

Y no quiero darle a este problema más importancia de la que tiene. Tengo casos cercanos mucho más graves que el mío, que no deja de ser una nimiedad al lado de otros.

Así que nada, a seguir tomando potingues para que me aguanten los cartílagos, y según pase el tiempo se irá viendo lo que ocurre.

Estoy seguro de que la inmensa mayoría de deportistas tienen diferentes problemas físicos, de la índole que sea, y que mientras no le impidan totalmente hacer lo que les gusta, no van a dejar de hacerlo.

Eso es lo que voy a hacer yo. Seguir adelante hasta que crea que he de parar.

Saludos para todos los que día a día siguen adelante intentando superar sus problemas, sean deportistas, o no.
El mundo está lleno de casos de gente excepcional. Lo mío es una pequeña tontería al lado de lo que tienen que soportar otros.

Ya me estoy yendo del tema. Siempre me enrollo demasiado...

Bruno

martes, 25 de mayo de 2010

El gran reto conseguido


Bueno, por fin, después de cinco meses de espera, este sábado pasado participé en la cuarta edición de la ya mítica marcha de Los 10000 del Soplao, en Cabezón de la Sal, Cantabria.

Quién me iba a decir a mí hace sólo un año, cuando hacer una salida por Corbera de 20 ó 25 km en un par de horas ya me parecía un gran logro, que un año después sería capaz de realizar una ruta de 165 km, subiendo montañas de más de 1000 metros de altura, y que me estaría todo el día montado en la bici para poder acabarla.

Simplemente el hecho de escribir estos dos párrafos está consiguiendo que se me humedezcan los ojos, tal es la sensación de logro personal que representa para mí el haber podido hacer esta gran burrada. Ni siquiera en el momento de cruzar la meta tuve la sensación que estoy teniendo ahora al escribirlo.

Porque sí, conseguí acabar la prueba, que era el objetivo que me había marcado hace ya cinco meses. Acabarla. Daba igual el tiempo, siempre que fuera dentro de las 16 horas de margen que daba la organización.

Así pues, puedo escribir con gran orgullo personal, que el sábado, a las 10 y media de la noche, después de 14 horas y media, conseguí cruzar la meta de Cabezón de la Sal, jaleado por una pequeña gran multitud de gente que allí estaba.

Gente del lugar, corredores que ya habían acabado, acompañantes o familiares de otros ciclistas, y como no, los compañeros con los que había empezado este gran reto, y que habían llegado antes que yo.

Por el camino, multitud de sensaciones, tanto físicas como mentales.
Momentos de tranquilidad viendo que me encontraba en condiciones de acabarla, momentos de incertidumbre pensando que a lo mejor no podría por culpa de unos calmbres que me dieron, momentos de euforia al ser consciente de que sí la iba a acabar, momentos de sufrimiento bajo un sol abrasador subiendo cuestas interminables, momentos de agradecimiento al sentir el apoyo incondicional de cantidad de gente que te encontrabas por el camino, momentos de complicidad con otros participantes, momentos de disfrute visual por la belleza del paisaje...

Y sobretodo, momentos de tremenda satisfacción personal por el gran reto que estaba realizando.
La satisfacción que te da el ver que el gran esfuerzo por el duro entrenamiento llevado a cabo durante estos meses, está dando su esperado fruto.

El levantarte tantos días entre semana, casi de madrugada, para salir a entrenar antes de ir a trabajar cuando tocaba hacer turno de tardes. Pasando frío en esas duras mañanas de invierno, en las que nunca en la vida habría imaginado que sería capaz de salir a dar pedales por la montaña. Muchos días en solitario, repitiendo una y otra vez los mismos caminos tantas veces recorridos.

Llevarte la comida al trabajo para poder salir con la bici nada más llegar a casa, y luego acostarte tarde y dormir sólo 3 ó 4 horas, cuando tocaba turno de mañanas.

Sacrificar los fines de semana para levantarte cuando aún es de noche para pegarte la gran paliza encima de la bici, y luego no tener ganas ni de salir a cenar con los amigos.

Pedalear durante kilómetros y kilómetros, buscando aumentar poco a poco la resistencia física y mental, intentando no dejar que el desánimo de algunos momentos te haga desistir en tu entrenamiento.

Los miedos a no poder conseguir tu objetivo por culpa de los dolores en tendones y articulaciones, por no tener claro si serás capaz de aguantar tantas horas encima de la bici.
Si tu cuerpo te acabará diciendo que no va a poder aguantar, que ya no tiene edad para eso.

Es ahora cuando me siento tremendamente orgulloso por la labor realizada.

Y cuando puedo por fin agradecer el apoyo y la comprensión recibida por parte de familiares y amigos, a los que he dejado un poco de lado en estos meses en los que sólo he tenido tiempo para mí mismo. Sé que todos sabíais lo que esto representaba para mí. Muchas gracias a todos.
Mención especial a mi madre, que es un caso aparte.

No quiero acabar este pequeño prólogo a la crónica que haré en cuanto pueda, sin dar un agradecimiento especial a ese gran “gregario” que he tenido durante estos meses de entrenamiento.

Ese compañero de fatigas que me ha ido guiando y ayudando en tantas y tantas salidas que hemos realizado juntos, y sin la influencia y ayuda del cual no habría sido capaz de conseguir realizar esta gran meta.

Dándome consejos, dándome ánimos, teniendo paciencia y esperándome tantas veces, cuando inevitablemente yo me quedaba atrás por tener menor nivel físico y “ciclístico” que él. Un poco pesado a veces, sí, pero un gran amigo, y un gran compañero sobre la bici.

Muchas gracias Carlos. Txarly. Qué grande eres.

Bruno

lunes, 17 de mayo de 2010

Sábado pre-Soplao


Antes de ayer sábado hice las últimas pruebas de cara al Soplao, que es el fin de semana que viene. Estrenaba sillín y culotte, y además había retocado ligeramente la posición de la cala izquierda. Sí, un poco tarde para hacer este tipo de pruebas, pero mejor hacerlas tarde que irme a Cantabria con la duda.

Hasta el último momento no tuve claro si salir con Carlos y Jorge, con los que iré al Soplao, o salir yo sólo, por aquello de que a lo mejor tendría que parar a hacer algún retoque de sillín o de pedal. Finalmente decidí salir con ellos, pues era la última oportunidad que teníamos de hacer una ruta juntos antes de la burrada del sábado que viene.

Habíamos quedado en Corbera a las 8 de la mañana. Ellos saldrían de L’Hospitalet una hora antes. Así que aproveché para apurar horas de sueño.
A la hora acordada nos encontrábamos en la rotonda de Can Xorra, ellos ya calientes después de una hora y 20 kilómetros ya pedaleados, y yo frío, pues había salido sólo unos minutos antes, por asegurarme de que tenía bien posicionados el sillín y la cala del pedal.

Empezamos en dirección a Corbera Alta, donde el rótulo de la farmacia nos anunciaba lo que ya sabíamos, y que era que, a pesar de ser una mañana soleada, hacía bastante fresco, pues sólo había 8ºC de temperatura. Bueno, ya calentaría el sol más adelante.

Salimos de Corbera en dirección al puerto de La Creu Aregall, pasando algo de frío en el tramo entre Corbera Alta y el principio de la subida a La Creu, y conmigo siempre unos metros por detrás de ellos, que me iban esperando, pues aún estaba frío y no tiraba mucho, la verdad. La subida fue más o menos igual.

Además, ya en los primeros kilómetros me dí cuenta de que el sillín me iba a “dar problemas”, y que el culotte, con una badana bastante gruesa, tampoco iba a ser lo que yo me esperaba, aunque esto último podía ser consecuencia del sillín.

Una vez llegamos arriba del puerto tocaba bajar hasta Gelida, con el cortavientos bien cerrado y los manguitos subidos, pues a esa parte de la montaña no le da el sol hasta bien entrado el día. Así que la bajada fue más fría de lo que nos habría gustado.

Al llegar a Gelida decidimos bajar hasta el puente sobre el río Anoia, para luego volver a subir a La Creu Aregall, pero una vez en el río cambiamos los planes y seguimos recto, por el Camí de Can Bargalló, una carreterilla que discurre entre zonas de cultivo.
Unos minutos más adelante nos llevamos la sorpresa de aparecer en la prisión de Can Brians. Vaya visita rara que hicimos.

Seguimos adelante, pasando por el Polígono Industrial de Sant Esteve, para ir a salir a la carretera de Piera, a la que nos incorporamos en dirección a Martorell.

No me notaba nada cómodo, ni con el sillín, ni con el culotte, ni con la posición del pie izquierdo, que me estaba dando molestias en la rodilla. Como no se trataba de parar para hacer ningún tipo de ajuste y romper el ritmo de Jorge y Carlos, seguí adelante pensando que lo que tocaba era aguantarme.

Entramos en Martorell por la zona del Pou del Merlí, y lo atravesamos para ir a coger la carretera que va a Terrassa, de la que enseguida nos desviamos para seguir, en paralelo a la autovía, por la carretera que va a Olesa de Montserrat.

En este tramo notamos mucho el fuerte viento que hacía, y aunque iba muy a gusto a cola de nuestro pequeño grupillo, en algún momento me puse delante para ser yo el que se tuviera que pelear con el viento.

Una vez pasamos por la urbanización Les Carpes, de Abrera, nos desviamos por la carretera que sube a Ullastrell, y que es una ruta típica que ellos habían hecho (Jorge aún la hace de vez en cuando) con la bici de carretera. La verdad es que es una subidita chula, con poco tráfico, y con buenas vistas.

La subida, que empieza pasando por Santa María de Villalba, tiene 7 u 8 kilómetros, y es de una pendiente media, que permite subir a un buen ritmillo. Después de una pequeña paradita que hicimos al empezar, ya luego cada uno subimos a nuestro ritmo, con Carlos siempre por delante, Jorge en “tierra de nadie”, y yo a una distancia prudencial de él.

Carlos aprovechó que nos llevaba ventaja y se paró a hacernos unas fotos.

Subiendo a Ullastrell


Ya otra vez juntos pasamos por Ullastrell, y al llegar a la carretera de Terrassa (de la que nos habíamos desviado nada más salir de Martorell), la cogimos para hacer la larga bajada que va a parar otra vez a Martorell, pasando por la urbanización Can Santeugini.

En la bajada, dándonos relevos para turnarnos al frente del grupillo, y para que Carlos hiciera unos vídeos de prueba con la minicámara que llevará al Soplao. En este tramo de la ruta me dí cuenta de lo mucho que cambia el ir a cola o en cabeza de grupo, pues como durante toda la mañana, el viento soplaba con algo de fuerza.

Atravesamos la parte antigua de Martorell para salir en dirección a Gelida, pasando por Castellví de Rosanes. Ahora íbamos a un ritmo más tranquilillo, pues luego nos iba a tocar subir hasta el puerto de La Creu Aregall.
Hidratándome bien, como durante toda la salida, y tomándome un gel para afrontar la subida con más garantías.

De camino a Gelida, aproveché que el ritmo no era muy fuerte para adelantarme unos metros y hacerles unas fotos a Carlos y Jorge. Como no, esto también me vino muy bien para aliviar unos instantes el ya fuerte dolor que estaba soportando en el culo. A estas alturas ya tenía claro que el sillín que había comprado no lo iba a llevar al Soplao, pues me parece que es demasiado estrecho para mí, con lo que no apoyo bien los isquiones.

Jorge, de camino a Gelida

El otro loco


Ya al llegar a las inmediaciones de Gelida empezamos la subida a La Creu, a un ritmo bastante pausado, que yo agradecí al principio. Luego, una vez cogí mi ritmo, me pareció que podía subir un poco más rápido, y aprovechando que íbamos a parar en la Font de la Saborida a rellenar los bidones, decidí incrementarlo y alejarme un poco de ellos.

Hay que decir que Jorge en esos momentos estaba pagando un poco el alto ritmo con el que ellos dos habían empezado el día, aunque no por eso iba parado ni mucho menos. Carlos se debatía entre esperar a su primo o “picarse” conmigo y tirar más fuerte. Viendo que su primo no iba tan mal, acabó por darme caza y sobrepasarme sobradamente. Qué fuerte está el tío, aunque él diga que no.

Al llegar a la fuente, paradita para coger agua, hacernos unas fotos, y descansar un poquillo.

Los dos primos, llegando a la fuente

El equipo, en la Font de la Saborida


Ya lo que quedaba para llegar arriba del puerto era poco, y una vez allí, nos metimos por la urbanización para ir hasta la cruz que le da nombre, ya que Jorge no había estado nunca. Por supuesto, allí hicimos las fotos de rigor y disfrutamos de las buenas vistas.

Después de la “visita turística” ya encaramos la bajada hacia Corbera, adonde llegamos después de 75 kilómetros y 4 horas de pedaleo (en mi caso, que ellos llevaban una hora y 20 kilómetros más que yo). Por el camino, breve parada para saludar a Elena, amiga a la que hace tiempo que no veía, y con la que nos encontramos llegando a Corbera.

En mi casa nos despedimos, ellos con la intención de quizás hacer aún un rato más (aunque Jorge tenía que llegar pronto a casa), y yo con la idea de subir a casa, poner el sillín que había estaba usando últimamente, y volver a salir a hacer unos cuantos kilómetros más. Quería tener claro que el sillín que había estrenado era lo que me había estado fastidiando durante toda la mañana (ya lo tenía claro, pero quería comprobarlo para quedarme tranquilo).

Cambié el sillín, retoqué la posición de la cala del pedal izquierdo (que me había estado dando molestias en la rodilla), y volví a salir a la calle, con la intención de subir otra vez a La Creu Aregall, por aquello de tener que estar unos cuantos minutos seguidos sentado, y así comprobar fehacientemente que con el sillín viejo no sufría tanto dolor en las posaderas.

Después de toda la mañana siguiendo el ritmo de aquellos dos, y de haberle metido caña en la subida a La Creu desde Gelida, ya no tenía las piernas para muchas alegrías.
En cualquier caso, nada más subirme a la bici ya me dí cuenta de que con el sillín viejo iba mucho más cómodo, así que eso me dió ánimos para afrontar unos cuantos kilómetros más de pedaleo.

La subida a La Creu la hice a un ritmo normalito, aumentándolo poco a poco, y acabando bastante bien de fuerzas (aunque no sobrado). Al llegar arriba, me dirigí otra vez hacia la cruz, pues así conseguía hacer un poco más larga la subida.

En el mirador de la Masía Engracia, en La Creu de L'Aregall

Panorámica desde el mirador


Unas fotos, un poco de descanso, y otra vez hacia Corbera. Había estado barajando la idea de bajar hasta Gelida y volver a subir, pero al final decidí que entre la ruta hecha con Carlos y Jorge, y esta minisalida que estaba haciendo, ya tendría suficiente como último entrenamiento serio antes de la marcha de los 10000 del Soplao. Tampoco se trataba de llegar reventado a casa.

Así que volví hacia Corbera, y al llegar al final de la bajada me desvié hacia L’Amunt, por aumentar un poco los kilómetros, llevando un ritmo de pedaleo bastante alto. Ya en el camino de vuelta me crucé con Ilde, y aprovechamos para charlar unos minutillos, que ya hacía tiempo que no nos veíamos. Que casualidad que en la misma mañana me encuentre con la pareja, Elena e Ilde, a los que no veía hacía semanas. Una alegría más de la ruta ciclista.

Finalmente, llegué a casa después de haber hecho una mini salida de 22 kilómetros en algo menos de una hora y cuarto de pedaleo. Más que eso, lo importante fue que llegué contento porque con este otro sillín, aunque también acabaré con el culo escocido, estoy convencido de que aguantaré mejor la gran cantidad de horas encima de la bici que tendré que pasar en el Soplao.

Juntando las dos rutas del día, acaba saliendo un recorrido de 97 kilómetros y 2100 metros de ascensión acumulada, en un tiempo total de 6 horas, con 5 horas y cuarto de pedaleo. Bueno, tampoco está mal.

El perfil del Soplao sí que da miedo...


Ahora toca recuperar bien, salir un ratillo el martes, y ya luego descansar, y comer y dormir bien, para llegar al sábado que viene con todas las fuerzas posibles, y poder así encarar bien la tremenda marcha que haremos allí en Cantabria.
Sólo con pensarlo ya cansa: 165 kilómetros, con casi 5000 metros de desnivel acumulado. Ahí es nada.

A ver cómo se nos da...

Bruno

jueves, 13 de mayo de 2010

Subiendo la moral


El martes me llevé la comida al curro, con la intención de llegar a casa comido y coger la bici para hacer una salida de 3 ó 4 horas. A la hora de la verdad, ni tenía hambre, ni ganas de llegar a casa recién comido y coger la bici. Así que me fuí del trabajo sin comer, y pensando "ya veremos qué hago cuando llegue a casa".

La clave fue encontrarme a Jorge al salir de trabajar.
El primo de Carlos, con el que iremos al Soplao, me estuvo comentando la marcha que había hecho este domingo pasado, la Terra de Remences, de 175 km, para bicicleta de carretera. Le había ido muy bien (enhorabuena), y había recuperado la moral de cara al Soplao, pues últimamente se notaba un poco bajo de forma.

Hablamos un poco de la "táctica" que habrá que seguir en el Soplao, ir en grupo, a un ritmo tranquilo, parando en todos los avituallamientos, y de que así conseguiríamos acabarla más o menos bien.

Y también estuvimos comentando que para ese día (el martes) lo ideal era hacer una salida que no fuera exigente en lo que a desnivel se refiere, para así disfrutar de la ruta y no llegar a casa machacado moralmente.

Y así fue como, al llegar a casa, y después de tener que obligarme un poco, me preparé, comí un par de barritas energéticas, y salí dispuesto a hacer una salidita corta, de disfrute más que nada.

Desde casa fuí hasta Corbera Baja, para coger el camino del Cau de la Guineu (por fin habían quitado los árboles de en medio del camino) en dirección a la N-340.

"Chino-chano", sin forzar, pues me notaba un poco cargado de piernas, llegué a la carretera y me incorporé a ella para subir hasta La Creu d'Ordal, en el antiguo puerto. Subí a un ritmo bastante bueno.

Al llegar allí hice un pequeño tramo de tierra para subir hasta la base de una antigua torre del Telégrafo Óptico, ahora en ruinas, y amenazada de derrumbe por los límites de las enormes canteras que hay en esa zona del Ordal.

La vieja torre del Telégrafo Óptico del Ordal


Después de un rato largo haciendo fotos (no quería tomarme la salida en plan entrenamiento estricto) decidí dar la vuelta y bajar hasta la urbanización El Lledoner, para adentrarme por la montaña y bajar hasta Olesa de Bonesvalls.
Por el camino, aprovechando para dar pedales y mantener una buena cadencia de pedaleo.

Antiguo ¿horno de cal?, en las afueras de Olesa


Llegado a Olesa fuí hasta el final del pueblo y dí la vuelta para volver a subir al Lledoner, sin tener claro qué haría luego. La subida, a un ritmo bastante bueno para lo que yo recuerdo que había hecho en otras ocasiones. Y eso que no me notaba muy fino muscularmente hablando, pues tenía los cuádriceps un poco agarrotados.

Una vez en El Lledoner, y viendo que iba bien de fuerzas y de ganas, vuelvo a subir a La Creu d'Ordal, para luego seguir en dirección al Puig d'Agulles por el camino que pasa al lado de las canteras.

A medio camino me paro a hacer unas cuantas fotos del tremendo destrozo que están haciendo (ya hace unos años) en la montaña.

A un lado del camino, una parte de una de las canteras

Al otro lado del camino, una parte de la otra cantera

Aquí hubo un día una colina


Después del reportaje fotográfico sigo mi camino hacia el Puig d'Agulles, pensando en no subir hasta la bola, pues no había necesidad de hacer ese duro último tramo, de rampas del 16-18-22%, y con los últimos metros rondando el 30%, ya que me notaba los cuádriceps y los tendones de las dos piernas un poco fatigados.

Sin embargo, al llegar allí no pude evitar las ganas de subir hasta la cima, y es que muy pocas veces he estado a esa altura del camino y no he subido hasta la bola.

Ya en la cima, y aprovechando que a esas horas los rayos del sol incidían de forma idónea en la montaña, estuve un rato disfrutando de las vistas y haciendo unas fotos.
Y es que era el día de perder unos minutos haciendo fotos, y disfrutar de la ruta de otra manera.

Abajo, el Fondo de Mas Granada

Un día para disfrutar de las vistas

El punto geodésico, y la bola


Después de estar un rato experimentando con el zoom de la cámara, ya inicié el camino de regreso a casa, bajando a la falda de la montaña, y subiendo hasta la entrada de la urbanización Safari, donde aproveché para hacer las últimas fotos del día.

Montserrat desde el Safari


Ya desde allí, carretera de bajada hacia Corbera (dando pedales para aprovechar un poco más la salida), el repecho hasta la entrada del pueblo, y callejeo hasta casa.

Finalmente, después de casi 3 horas y cuarto con la bici, hice una salida de 41 kilómetros en 2 horas y media de pedaleo, con un desnivel de 950 metros.

No está mal para ser de relax


En resumen, una salida de "relax", sin el estrés del entrenamiento estricto, y que me sirvió para recuperar un poquito la moral, pues comparé lo que había hecho con lo que habría hecho sólo hace unos pocos meses, y llegué a la conclusión de que estoy bastante mejor que entonces.

Así, después de que el sábado llegara a casa un poco desanimado (y eso que había batido todos mis records), el martes conseguí re-animarme un poco.

De todas maneras, el Soplaoooo... será otra historia.

Bruno

domingo, 9 de mayo de 2010

Batiendo todos mis records


Ayer batí todos mis records ciclistas.

En una salida de entrenamiento, compartida con Carlos en su mayor parte, y hecha en solitario en su último tercio, acabé haciendo 121 kilómetros y 3220 metros de ascensión acumulada, en 8 horas y 20 minutos de pedaleo, para un total de tiempo de ruta de 10 horas y 40 minutos.
¡Qué burrada!

Lo peor de todo, es que con esto no me basta para sentirme tranquilo de cara a la prueba que haremos de aquí a dos semanas, y que esa sí, será una auténtica burrada.

Nuestra idea era hacer una salida por montaña de unas 10 horas y 100 kilómetros, y que tuviera un desnivel acumulado final bastante importante, pues sólo nos quedaban ya dos sábados para poder entrenarnos haciendo rutas muy largas.

Como el día se presentaba con posibilidad de lluvia, habíamos planeado hacer carretera en caso de que finalmente lloviera o de que los caminos de montaña estuvieran demasiado embarrados.


LA FUSTRACIÓN DE UN BUEN ANFITRIÓN

Después de cinco meses de entrenamiento juntos, ayer era la segunda vez, sí, la segunda vez, que Carlos se decidía a venir a mi territorio para hacer una ruta juntos.
La primera vez que vino había nevado el día anterior. Casi nos congelamos.
Ésta vez, había llovido.

A las nueve menos cuarto de la mañana salí de casa en dirección a La Palma de Cervelló, que es donde había quedado con él. Como había estado lloviendo durante la noche, nada más salir de Corbera me metí por montaña para inspeccionar el estado del camino que baja a La Palma, y que era el punto de partida de la ruta. Media hora después, al encontrarme con Carlos, ya llevaba la bici embarrada y las zapatillas mojadas.

Si ese pequeño tramo que había hecho estaba como me lo encontré, lo más fácil era pensar que el resto de la ruta programada estaría, por lo menos, igual de mal.
Así que decidimos empezar la ruta haciendo carretera, y según avanzara la mañana ya nos adentraríamos por montaña, esperando que se hubieran secado un poco los caminos.

Salimos en dirección a Corbera, pero enseguida se nos ocurrió subir a Fontpineda por la carretera de curvas que hay saliendo de La Palma. Se trataba de hacer subidas, y ésta es una buena. A un ritmo bastante menos bueno de lo deseado (me notaba muy cargado de piernas) llegamos a Fontpineda. Carlos llegó arriba antes que yo, y bajó un par de curvas a mi encuentro.

Una vez allí tuvimos la segunda ocurrencia del día, bajar a Pallejà por una variante que asfaltaron hace unos años, y volver a subir a Fontpineda por la misma. La bajada vertiginosa ya nos fue mentalizando de lo que vendría después, una subida no muy larga, pero con pendientes que se mueven entre el 14 y el 18%, y algún punto del 22%.

Bueno, al regresar a Fontpineda decidimos que ya era buen momento para ir a Corbera y coger la carretera que sube a La Creu Aregall.
Es ésta una carretera que nos conocemos bien, y que se puede subir a un buen ritmo porque no tiene ningún tramo de gran desnivel. Así, ya con las piernas un poco más calientes, llegamos al final del puerto, donde paramos un momento para que Carlos hinchara un poco las ruedas de su bici, momento que yo aproveché para hacer un par de fotos.

Primera ascensión a La Creu Aregall


De momento íbamos sobre el plan previsto, que era hacer un ascenso de 600 metros cada 20 kilómetros, que es la media de lo que nos saldrá en Los 10000 del Soplao.

Como el día se estaba medio arreglando y había salido el sol, le propuse ir hasta el Puig d’Agulles, pues el camino que sube a la bola, aunque estuviera mojado, no es de los que se embarran. Así tendríamos una idea más aproximada de cómo podrían estar otros caminos cercanos, y es que era esa la zona por la que yo tenía previsto que nos moviéramos en caso de que hiciéramos montaña.

De La Creu bajamos por carretera hasta el principio de la subida a la urbanización Safari, cuesta de la que ya he hablado en otras ocasiones, y que ésta vez, con el gps nuevo, pude constatar que sus rampas duras son del 18%, con algunos metros del 22%.

Una vez en la urbanización tomamos camino hacia la falda del Puig d’Agulles, ahora ya por camino de tierra, y de ahí hasta la bola situada en su cima.
Con Carlos siempre por delante, como es habitual, fuimos subiendo sin forzar, pues nos quedaba mucho día por delante. El último tramo, que es el realmente duro, me costó más de lo esperado. Yo creo que no me había recuperado bien de la pequeña salida que hice el jueves, a parte de que ya llevábamos cuatro buenas subidas en pocos kilómetros.

Arriba hicimos la parada de rigor para hacer unas fotos y admirar las vistas (aunque a esas horas de la mañana no había buena luz para eso).

En la bola del Puig d'Agulles


De momento nos habíamos encontrado el camino en buenas condiciones, por lo que propuse ir hasta el antiguo puerto del Ordal por el camino de las canteras, y una vez allí bajar al pueblo (Ordal) y volver a subir al Puig d’Agulles por el camino de Mas Granada. Mi suposición era que estos caminos estarían en buen estado, siempre teniendo claro que algún charco, y algún tramillo con barro nos encontraríamos.

Así fue hasta llegar a La Creu d’Ordal, desde donde bajamos al pueblo. Fue en este camino donde empezó la parte mala de la ruta, pues el camino, que ya de por sí es pedregoso en muchos puntos, nos lo encontramos plagado de charcos y de tramos de barro que nos hicieron bajar mucho el ritmo.

Carlos, aún un poco falto de adaptación a la extrema ligereza de la dirección de su bici, se iba quedando en los tramos en los que podíamos bajar un poco más rápido, y no iba para nada a gusto con esa parte de la ruta. Entre los tramos pedregosos, y las pequeñas paradas para pasar charcos, el ritmo que llevábamos era muy lento, y por tanto se podía decir que estábamos desaprovechando minutos y kilómetros de entrenamiento.

Aunque nos lo estábamos tomando con algo de cachondeo, yo tenía claro que a él no le estaba haciendo nada de gracia el haber ido por ese camino, que todo hay que decirlo, yo no esperaba encontrármelo tan mal. Claro, habría sido mucho mejor bajar por la carretera, y sólo habríamos tardado cinco minutos.

Una vez llegamos al pueblo, quitamos un poco de barro de las bicis y de los pies, y salimos en dirección al Puig d’Agulles por el camino de Mas Granada, y que es un camino de pendiente continua, no muy pronunciada, y que seguro iba a estar en condiciones aceptables, por lo que podríamos hacerlo a buen ritmo.

Nada más empezar, le expliqué a Carlos que el camino era todo recto hasta la cima del Puig, y se fue distanciando rápidamente, pues seguro que iba medio cabreado por el mal rato pasado minutos antes.

Yo fui subiendo a un ritmo normal tirando a bajo, y es que psicológicamente me había afectado esa parte de “desaprovechamiento” del tiempo, y también el hecho de que para una vez que Carlos venía por mi pueblo, la ruta estaba resultando un poco fiasco.

Así, con la única motivación de no hacerle esperar mucho, fui forzando el ritmo para subir medianamente rápido. Ya casi llegando a la parte final de la subida a la bola, apareció él, ya de bajada, y acabamos haciendo juntos los últimos metros.
Ésta vez no subimos hasta la bola, pues no había necesidad de hacer esos últimos 150 metros, y lo que hicimos fue dar la vuelta y bajar hasta la falda de la montaña.

Carlos, que ya cuando estábamos en La Creu Aregall habría querido bajar a Gelida por carretera para luego volver a subir, se dejó convencer por mí de que podíamos intentar bajar por el camino de La Font Freda, y que también va a Gelida, sabiendo que seguramente nos encontraríamos un tramo muy embarrado que nos haría dar la vuelta.

Yo quería intentarlo, pues ese camino, de subida, es perfecto para el entrenamiento que queríamos hacer. Así que hacia allí nos dirigimos. No habíamos hecho ni medio kilómetro cuando ya nos tuvimos que dar la vuelta.
Estaba impracticable.

Ahí ya tuve un bajón importante. Era la frustración del buen anfitrión, que pretende que sus invitados estén a gusto y se lo pasen bien, y en cambio todo sale al revés de como lo tenía planeado. Era la segunda vez que Carlos venía por aquí, y la segunda vez que nos salía la ruta fatal. Además, él tenía la sensación de que estábamos desaprovechando el día, aunque para mí, no llevábamos una media nada mala de tiempo, ascensión y kilómetros recorridos.


LA HORA DEL BOCATA

Bueno, ahora estaba clarísimo que teníamos que hacer carretera y nada más que carretera.

Decidimos volver a La Creu Aregall, para bajar hasta Gelida y luego volver a subir, momento en el que haríamos la parada del día para comernos un bocadillo. De bajada, poco a poco me fui animando, pues aún nos quedaban bastantes horas por delante, y podíamos acabar haciendo una buena ruta.

Al llegar a Gelida, le propongo que bajemos hasta el río Anoia, para así hacer una subida de vuelta más larga y con más metros de ascensión. De manera que pasamos de largo el pueblo y bajamos hasta un puente que cruza el río.
Allí, con las piernas dormidas por la larga bajada, y con menos ganas de las necesarias para afrontar la ascensión, empezamos la subida a La Creu Aregall.

A media subida, ya perdí de vista a Carlos, que iba muy bien de fuerzas y aprovechó para probarse. Yo iba con las piernas muy agarrotadas, y la subida se me estaba haciendo demasiado larga. Aún así, conseguí mantener un ritmo medio bueno, siempre con la sensación de estar forzando un poco más de la cuenta. Pero bueno, como al llegar arriba íbamos a parar a comer, pensé que aunque subiera forzado, luego podría descansar un rato.

Faltándome algo menos de un kilómetro para llegar, apareció Carlos, que venía a mi encuentro. La verdad es que me vino fenomenal, pues en esos momentos iba yo bastante petado, y el subir acompañado ese último tramo fue una gran ayuda.

Una vez llegamos arriba, nos metimos por la urbanización para ir hasta la cruz que le da nombre, que es donde yo tenía pensado que nos comiéramos el bocadillo.

En la Creu de l'Aregall


Después de difrutar de las vistas y hacer unas fotos, y de mantener una conversación un poco surrealista sobre si nos comíamos o no allí los bocatas, resultó que Carlos no llevaba bocadillo porque daba por supuesto que la parada había que hacerla en algún bar.

Qué quieres que te diga, pero yo no he parado nunca a comer en un bar cuando he salido con la bici. Mira, aficionado que es uno. Se ve que eso es lo que hacen los “profesionales”. Pues yo toda la mañana con el bocata y el plátano en la mochila. La verdad es que me parece absolutamente normal. Pero bueno, el cachondeo de Carlos fue mayúsculo.

En fin, que nos dirigimos al restaurante que hay en la entrada de la urbanización, y allí nos comimos unos bocadillos de butifarra, que hay que decir que estaba muy buena.
Eran las tres de la tarde, y llevábamos ya seis horas con la bici.

Después de estar allí casi tres cuartos de hora, volvimos a coger la bici, con menos ganas que nunca, y con la idea de bajar a Corbera y luego decidir qué hacíamos.
Carlos quería estar a las seis en su casa, y además quería acabar su ruta subiendo desde Molins de Rei a Santa Creu d’Olorda, y quizá también al Tibidabo.

Así que fuimos a Corbera, intentando calentar un poco las piernas en la bajada. Al llegar a Corbera Baja, decidimos hacer la subida que va hasta el Hotel Can Rafel, subida no muy larga, y no muy dura (aunque algún tramillo duro sí hay) que nos permitiría aumentar un poco más los metros de ascensión de la ruta

Carlos salió lanzado hacia la cima, mientras yo subía como podía, con el estómago intentando digerir el bocadillo de butifarra, y con muchas ganas de beber agua. Me quedaba un culillo en el bidón, y el isotónico del Camelback no quería ni olerlo. Después de comer no funciono nada bien.

Como en todas las ascensiones del día, antes de llegar a la cima apareció Carlos que venía ya de vuelta. Acabamos juntos la subida, y allí en el hotel paramos para hacer unas fotos y que él admirara las vistas que hay desde allí.

Vaya "vista"


Decidimos entonces que bajaríamos hacia La Palma, para yo luego volver a subir a Corbera, y él irse hacia Molins de Rei.
Según bajábamos, decidí acompañarle hasta la gasolinera del polígono de Les Fallulles, antes del puente de Cuatro Caminos. Allí paramos para despedirnos, y al ver que había instalaciones de lavado, pensamos que lo mejor era lavar las bicis para llegar con ellas limpias a casa. Y es que estaban bastante sucias.

Finalmente nos despedimos, deseándonos un buen final del día, y con la intención ambos de hacer aún unos pocos kilómetros.


BUSCANDO LOS LÍMITES

Llevaba yo en ese momento algo más de 80 kilómetros y cerca de 2300 metros de ascensión, por lo que pensé que sólo con llegar ya conseguiría hacer 90 kilómetros y unos 2500 metros de desnivel.

Aún así, no me quedaba contento con la ruta, con lo que pensé que una vez en Corbera, y según me encontrara de fuerzas y de ganas, intentaría ir otra vez hasta La Creu Aregall.

Aunque no iba sobrado ni mucho menos, ya habían pasado un par de horas desde que comimos el bocadillo, y me empezaba a notar bastante bien.
Pasé por La Palma, y subí hacia Corbera a un ritmo bastante mejor de lo que me esperaba. El culo lo llevaba bastante dolorido, pero aún podría aguantar un rato más.

Me fui mentalizando de que podía hacerlo, y al final me decidí y pasé de largo Corbera, con la idea de llegar al puerto de La Creu Aregall. Ese sí sería un buen colofón a la ruta.

La subida a La Creu, la cuarta de la jornada, no fue rápida precisamente, pero tampoco la hice a un ritmo malo. Simplemente subí con un desarrollo más o menos fácil, y tirando de cadencia de pedaleo. Según subía, hasta se me pasó por la cabeza bajar a Gelida y volver a subir, pero abandoné la idea porque podría haber sido muy difícil la vuelta a Corbera.

Llegué a La Creu, muy contento, con 100 kilómetros ya de ruta, y unos 2800 metros ascendidos, dí la vuelta y me paré un poco más abajo, para hacer un par de fotos de las vistas que hay desde la carretera.

Barcelona desde La Creu

"Esperando al autobús"


Ya de bajada, aproveché para ir dando pedales y así aprovechar un poco más los últimos kilómetros. Viendo que aún estaba algo bien de fuerzas, al llegar abajo me desvié hacia el barrio de L’Amunt, donde dí la vuelta para ir ya hacia casa.

Viendo que aún podía aguantar un poco más (aunque el culo ya iba bastante dolorido), y un poco con la intención de buscar mis límites para mentalizarme de lo que me espera en el Soplao, al llegar a la entrada de Corbera me dí la vuelta y volví a L’Amunt. Una vez allí, otra vez para Corbera, ahora sí, con la intención de ir ya directamente a casa.
Por el camino me crucé con mis padres, que iban a Sant Ponç a oir cantar a la Coral de Corbera. Este fin de semana ha sido el tradicional "Aplec de Sant Ponç".

Poco a poco había aumentado los datos de la salida, y ya había llegado al límite psicológico de las 10 horas de ruta. Viendo que me faltaban pocos kilómetros para llegar a los 120, que podía conseguir también hacer 8 horas de pedaleo, y que estaba cerca de los 3000 metros de ascensión acumulada, me propuse seguir hasta que consiguiera esas cifras.

Así que una vez llegué a casa, me dediqué a subir hasta la Font del Rabadà y bajar hasta la rotonda de Can Xorra, para luego volver a subir hasta la fuente, las veces que fueran necesarias. Finalmente, después de hacer casi por inercia ese pequeño trayecto de unos dos kilómetros hasta tres veces seguidas, me paré ya en casa, totalmente derrotado físicamente, pero muy satisfecho por haber conseguido hacer una salida tan bestia para lo que es mi nivel físico.

No está del todo mal


Al entrar en casa, me sentía muy vacío físicamente. Me comí un plátano, unas galletas con chocolate, y me tomé medio litro de agua con un sobre de recuperador. Por supuesto, a la espera de pegarme una buena cena después de la larga ducha. Ponía en el gps (no es más que un mero dato orientativo) que había gastado 5438 kcal.
!Si eso es lo que como en dos días y medio!

Los tendones rotulianos me molestaron bastante (sobretodo el izquierdo) durante las dos primeras horas de ruta. Luego el dolor que notaba al apretar los pedales fue desapareciendo, de tal manera que cuando ya acababa la salida me alegré de que hubiera sido así. Espero que por lo menos me aguanten hasta que haya hecho la marcha del Soplao.

La conclusión que saco de la salida de ayer es que, sí, hice muchas horas, muchos kilómetros, muchos metros de ascensión, pero que en El Soplao voy a sufrir mucho, pues allí hay mucho más de lo que yo llegué a hacer ayer.

Ayayayayayyyyyyyyyyyyyyyyyyy...!

Bruno

jueves, 6 de mayo de 2010

"Cronoescalada" a La Creu Aregall


Después de estar toda la semana acostándome muy tarde (hoy voy por el mismo camino), y en consecuencia levantándome también tarde, tocaba ya hacer un cambio porque si no se me pasaba la semana laboral sin coger ni un día la bici, y quedan menos de tres semanas para El Soplao, y no se pueden perder tantos días de entrenamiento.

Así que, a pesar de que ayer me acosté a las 3 de la madrugada, hoy me he levantado a las 7 de la mañana, dispuesto a coger la bici y hacer una ruta, aunque fuera corta, por carretera. Es que no me apetecía meterme por la montaña, con todo el barro que debe haber, además de que prefería hacer una subida larga, y más o menos continuada.

De tal manera que lo que se me ha ocurrido hacer ha sido una “cronoescalada” desde la N-340, a la altura de Cementos Molins, hasta el puerto de La Creu Aregall. A ver qué tal se me daba.

He salido de casa sobre las ocho y media, con un ambiente bastante fresco, con culotte corto pero con camiseta, maillot largo, cortavientos, y braga fina en el cuello. No quería pasar frío bajando hacia la nacional, y si después era necesario ya me quitaría algo. Luego ha resultado que no me ha sobrado nada.

Bajada de calentamiento hasta la pequeña rotonda que hay justo antes de Cementos Molins, y media vuelta para empezar la subida.

Me notaba muy agarrotado al principio, aunque aún así he intentado ir a una velocidad medianamente decente. Pero es que recién empezada la ruta me cuesta coger el ritmo.
He pasado por La Palma con la sensación de tener las piernas muy frías aún. Los tendones de ambas rodillas me molestaban bastante.

Según subía hacia Corbera me he ido calentando, aunque no me notaba muy sobrado, y en todo el tramo desde el cruce de entrada hasta la salida de Corbera Alta me he notado muy “clavado”. Claro, es el tramo en el que empieza a haber algo más de pendiente.

Saliendo de Corbera, breve descanso hasta el cruce de L’Amunt, y ya la subida propiamente dicha hacia La Creu Aregall. El ambiente fresco ayudaba a no ir asfixiado.

Y bueno, subiendo a La Creu ya me he empezado a notar mejor, con las piernas ya calientes, y he podido ir aumentando paulatinamente el ritmo y la cadencia de pedaleo. Incluso he acabado usando desarrollos más duros que cuando subía hacia Corbera.

En algunos tramos, poniéndome de pie para pasar los pequeños cambios de pendiente a la entrada de algunas curvas, y aprovechando para hacer unas series. Y ya llegando arriba, dando casi todo lo que tenía, pues tampoco quería llegar reventado.

He hecho unas fotos, que en todas las veces que he estado allí últimamente, nunca he sacado una.

El puerto, desde el lado de Corbera


Después he vuelto hacia Corbera, dándole algo de caña en la bajada, y cuando estaba llegando al cruce de L’Amunt veo a un ciclista tumbado fuera de la carretera, con la bici al lado. Según paso le pregunto si estaba bien, y por los gestos que me hace decido dar la vuelta y acercarme a ver si necesitaba algo.

Le había dado una pájara y estaba recuperándose después de haber comido algo. Hemos charlado un poco, y como estaba bien y no necesitaba ayuda de ningún tipo, he seguido camino hacia L’Amunt, más que nada para “estropear” un poco el desnivel acumulado.

Al llegar allí, media vuelta y para casa ya. Todo este tramo, desde la parada con el colega, forzando bastante el ritmo para intentar aprovechar al máximo la corta salida.

Finalmente, me ha salido una rutilla de 32 kilómetros, con un desnivel acumulado de 650 metros, en un tiempo de 1 hora y 42 minutos, para un tiempo real de pedaleo de 1 hora y 34 minutos. La verdad es que he llegado a casa bastante cargado de piernas.

Un perfil "curioso"


La “cronoescalada” ha sido de 13 kilómetros en 55 minutos, con un desnivel de 473 metros.

Ya sé que no son unas cifras espectaculares ni mucho menos, pero me lo he currado todo lo que he podido. Para otra vez que lo repita, por supuesto que tengo que bajar el tiempo. Pero eso será en otra ocasión.

Ahora a esperar a que el sábado no haga muy mal tiempo, y pueda hacer una ruta realmente larga, esta vez por montaña.

Bruno

miércoles, 5 de mayo de 2010

De "marcha" por Los Monegros


Este sábado estuve en la comarca de Los Monegros, en Huesca, participando en la X Maratón de Los Monegros, prueba de bicicleta de montaña de 112 kilómetros de recorrido, y unos 1000 metros de desnivel acumulado. Una prueba bastante llana.

Visto así, parece el perfil de una etapa montañosa...


Fui con Carlos, que ya participó el año pasado, y así cumplí con la promesa que le hice de que este año le acompañaría.

Nos presentamos allí antes de las 10 de la mañana, después de haber dormido poco y de habernos pegado un viaje de más de 200 kilómetros y unas 2 horas y media de camino.

El día no era precisamente perfecto, con el cielo nublado y la temperatura algo fresca, a diferencia de lo que habíamos tenido durante la semana. De todas maneras, si no llovía durante la prueba, quizás eran las mejores condiciones para ir en bici, pues el año anterior habían pasado muchísimo calor.

La verdad es que nosotros tampoco estábamos muy finos. Vamos, que si hubiera caído un chaparrón y no se hubiera disputado la prueba, tampoco nos habría molestado demasiado. Bueno, es una forma de hablar.

Una vez llegamos a Sariñena, que es el pueblo en el que se organizaba la marcha, dejamos el coche aparcado a la entrada, al lado del recinto ferial, que era donde se daría la salida de la prueba, y nos fuimos hacia el ayuntamiento del pueblo en busca de los dorsales.
Resultó que por culpa de la lluvia que había caído durante la noche decidieron cambiar el lugar de recogida y darlos en la misma zona de la salida, por lo que nos pegamos la primera caminata tonta del día.

De vuelta hacia allí paramos en un restaurante para reservar mesa para la comida. "Menú ciclista" anunciaban.
Después de ir a recoger los dorsales en el lugar adecuado, y echar un vistazo a las bicis Orbea que tenían allí expuestas, volvimos a “pasear” por el pueblo, ésta vez de tienda en tienda para conseguir una serie de regalos (bidón, buff, pañuelo) que te daban sólo por entrar en ellas, y para que nos sellaran un “cartón” que nos daría la posibilidad (siendo de los 200 primeros en presentarlo) de recibir un maillot conmemorativo, o una botellita de vino.

Después de la segunda pateada del día, recolectando algún regalillo, y como estaba claro que ya no habría ni maillots ni botellas de vino, entramos en el restaurante para comer. A una hora muy temprana, las once y media de la mañana, pero es que se trataba de comer pronto para poder hacer la digestión, y tener tiempo de vestirnos de faena y preparar las bicis para la marcha.

Después de comer (pasta, carne, y "cuajada de cabrales"), y con poquísimas ganas de subirnos a la bici, volvimos hacia el coche para ultimar los preparativos. Caían cuatro gotas y hacía bastante bochorno. El dilema era qué ropa ponerse, y si llevar o no chubasquero. Al final, el chubasquero en el coche, y equipación de verano (por suerte, acertamos).

En la bici, el gps y la linterna (por si se me hacía tarde, que nunca se sabe como va a discurrir la marcha). En la mochila, barritas energéticas, bebida isotónica, algún gel energético, un culotte de repuesto, un par de buffs para el cuello, el cortavientos, el móvil, la cámara de fotos, la documentación.
La mochila, a tope de cosas.

Ya nos dirigimos hacia la salida, previa foto de rigor que nos hizo un chico que también participaría en la prueba, con menos ganas de las necesarias para una marcha tan larga, y con la sensación de que a esas horas, y después de comer, lo que más apetecía era echarse una siestecilla, y no subirse a la bici para pegarse la gran paliza.

¡Vaya equipazo!


Ya había muchísima gente situada en la salida. Creo que finalmente fuimos unos 1700 participantes. Yo calculo que debimos colocarnos más o menos a mitad de pelotón (aunque Carlos decía que estábamos de los últimos), y allí estuvimos, plantados, casi media hora esperando a que dieran la salida.

 Parte del "mogollón" de ciclistas



Esperando la salida


El plan era que yo intentara seguir la rueda de Carlos durante los primeros kilómetros, en los que la gente sale a saco y hay que meterle caña a los pedales para que no te adelante todo el mundo. Luego la cosa se estabilizaría y ya se podría bajar el ritmo.

Efectivamente, a pesar de ser una salida neutralizada, en la que se callejeaba un poco por el pueblo para luego ya salir hacia los caminos, la gente iba a todo trapo, adelantándose los unos a los otros, intentando ganar posiciones.
Carlos iba mirando hacia atrás, para ver si yo le seguía, que así era, aunque con gran esfuerzo por mi parte, y es que íbamos a 26, 28, 30 kilómetros por hora. ¡Si acabábamos de empezar!

Después de unos diez minutos de poder seguirle, ya se me metieron algunos corredores por medio y decidí bajar el ritmo y seguir más tranquilo, que íbamos todos muy pegados, por un camino estrecho en el que sólo cabían tres bicis a lo ancho, y con gente demasiado ansiosa por adelantar posiciones. Además, quedaban más de 110 kilómetros por delante, y era mejor coger tu propio ritmo.

Inmediatamente me empezaron a adelantar por todas partes.
Me puse a un lado del camino y dejé que el que quisiera ir más rápido me pasara. Cada uno tiene su nivel, y es tontería intentar ir a un ritmo que sabes que no es el tuyo. Así que a pesar de que me estaban adelantando todos (bueno, yo también adelantaba a alguno que otro, que siempre hay gente que va más lenta que tú), acertadamente seguí a mi ritmo, esperando que la cosa se calmara un poco.

Según fueron pasando los minutos, el ritmo se estabilizó un poco, y el gran pelotón se fue estirando, con lo que se podía rodar ya con algo de tranquilidad, sin tener que ir tan pendiente de no tocarse con nadie, ni de quedarse demasiado cortado.

El camino por el que íbamos era muy polvoriento (de eso ya estaba avisado), y gracias a que el pelotón se había estirado, podías dejar unos pocos metros respecto a los que llevabas delante, y así no comerte todo el polvo que se levantaba al paso de las ruedas de tanta bicicleta.

Como además hacía algo de viento (constante durante toda la marcha) según por qué lado del camino te situaras podías “esquivar” la nube de polvo que te precedía. Aún así, había mucho, y en un par de ocasiones llegué a no ver casi nada. Tenía a gente delante mío, y sólo veía sombras.

De repente, la gente se para y se avisan unos a otros. Y es que había que pasar un gran charco, marrón como el chocolate con leche. Unos por la derecha, otros por la izquierda, lo mejor era fijarse en los demás para saber qué profundidad tenía y por dónde era mejor pasarlo. Por suerte no metí los pies en el agua (supongo que era agua), y lo pude pasar con unas pocas salpicadas en las zapatillas.

Ya nos acercábamos a la primera de las dos subidas largas de la marcha, que era de unos 6 ó 7 kilómetros, y en la que se subía un desnivel de unos 250 metros.
La empecé con tranquilidad, a mi ritmo, plato mediano y tercer o cuarto piñón. Sabía que sería una subida algo larga pero con una pendiente suave.

Así, poco a poco fui cogiendo un buen ritmo, adelantando a bastante gente (a mí también me adelantaban algunos), lo que me sorprendió un poco, pues sólo unos kilómetros antes me habían adelantado a mí decenas y decenas de corredores. En cualquier caso, yo iba a lo mío, tranquilo porque iba bastante bien de fuerzas, y para nada alto de pulsaciones, entre 160 y 165 por minuto. Tampoco me quería machacar en esa subida, que sólo llevábamos unos 20 kilómetros.

Cuál fue mi sorpresa cuando al llegar arriba me encuentro a Carlos, que resulta que había pinchado, y estaba ya hinchando la rueda.
Pensando en la mala suerte que había tenido (él quería rebajar el tiempo que había hecho el año pasado), pero con una sonrisa en mi cara, y algún comentario de cachondeo que seguramente le hice, me paro a su lado para hacerle compañía mientras acaba la reparación.

Se me escapaba la risilla


Entre risas y lamentos, animando a los que pasaban (yo pensé, “vaya, todos los que había adelantado subiendo me adelantan ahora ellos a mí”. Lo pensé, pero no me importó lo más mínimo), y maldiciendo su mala suerte, acabamos de montar la rueda, y seguimos adelante. Carlos se había desanimado bastante y decidió seguir conmigo, pues ya era casi imposible que pudiera rebajar el tiempo del año pasado.

Ahora el camino iba a ser, durante unos 30 kilómetros, de bajada continua aunque con muy poca pendiente, y con el viento a favor, por lo que el ritmo que cogimos fue bastante rápido. Yo iba delante, pues me apeteció marcar el ritmo, y controlando no pasarme de pulsaciones le fui dando fuerte a los pedales y fuimos adelantando a bastantes participantes. 30, 35, 40 kilómetros por hora. La verdad es que íbamos lanzados.

Así pasamos por el primer avituallamiente del recorrido, en el que no paramos, y seguimos lanzados hacia el segundo, en el que sí teníamos planeado parar, y que estaba situado exactamente en la mitad de la ruta. Aunque era de bajada, el camino también tenía zonas de llano, y algunas con ligera pendiente de subida. De tal manera que ya llegando al avituallamiento, me empecé a quedar un poco debido al alto ritmo sostenido durante tantos kilómetros, y Carlos se me adelantó unos cientos de metros, mientras “se picaba” con alguno que nos había pasado.

Ya en el avituallamiento nos volvimos a juntar, y procedimos a llenar la barriga con plátanos, agua y bebida isotónica, además de rellenar los bidones, de aliviar nuestras necesidades meatorias, y yo hacer unos estiramientos. Es alucinante ver como algunos de los participantes se tiran literalmente encima de las mesas del avituallamiento, casi apartando a los demás, como si les fuera la vida en ello. Por supuesto, muchos no son capaces de tirar las botellas y las latas en las bolsas de basura que tiene preparadas la organización, y dejan el lugar lleno de envases que luego tienen que recoger los voluntarios que allí había. Ya les vale. Van en plan profesional, y no son más que unos marranos.

Después del avituallamiento venía la segunda gran subida del día. Según el perfil de la ruta, sería una ascensión de unos 15 kilómetros, pero con un desnivel de sólo 300 metros.

Yo tenía claro que, aunque no lo iba a pasar mal ni mucho menos, me iba a costar coger un buen ritmo en la subida, pues después de los más o menos 30 kilómetros de bajada y llano que acabábamos de hacer me notaba las piernas algo cargadas. Además, me pareció que Carlos (supongo que gracias al buen ritmo que habíamos llevado) volvía a estar animado, así que le comenté que porqué no se tomaba la segunda mitad de la prueba en plan entrenamiento, y que tal como empezáramos a subir, él cogiera su ritmo y se marchara.

Efectivamente, nada más salir del avituallamiento y empezar a inclinarse el camino, yo me fui quedando y él acabó por marcharse.
Poco a poco las piernas me empezaron a funcionar, y cogí un buen ritmillo, siempre con el plato mediano, que me permitió subir bastante más rápido y fácil de lo que me esperaba.

Hay que decir que, en general, el recorrido transcurre por caminos tipo pista forestal, con lo que el rodaje se hace más fácil que si fueran típicos caminos montañosos. Aún así, en muchas zonas el camino estaba bastante recubierto de arenilla, o también de gravilla, con lo que fácil del todo tampoco era pedalear.

A pesar de no parecerme que llevara un gran ritmo, empecé a adelantar a otros corredores con relativa facilidad, lo que me hizo subir bastante la moral.
Llegué a la conclusión de que todo el entrenamiento de fondo en carretera que habíamos hecho durante el invierno estaba dando sus frutos. Eso, y las últimas palizas que me he ido pegando por el Puig d’Agulles y alrededores.

Así, con un buen ritmo fui haciendo los kilómetros de subida, adelantando a unos y siendo adelantado por otros. Al llegar a la cima, paré unos segundos para tomarme un gel, y seguí el camino. Ahora tocaba una bajada no muy larga, con bastante pendiente, desde la que se divisaban unas bonitas vistas de la región. Paré unos instantes para hacer un par de fotos y seguí adelante, pues tampoco se trataba de perder el buen ritmo que había conseguido.

Los Monegros, más verde de lo que me esperaba


Después de las fotos, el tramo que venía a continuación consistía en una bajada de unos 7 u 8 kilómetros, con algo de pendiente, y ahora con el viento en contra o de costado, que llevaba al que era el tercer avituallamiento del día. Decidí no parar, pues iba bien de líquido y no quería cortar el ritmo con otra parada. Más tarde pensaría si no había hecho mal no parando.

Después de este avituallamiento, y ya hasta la meta, el camino era de continua subida. Eran unos 30 kilómetros de poca pendiente (1, 2, 3%), pero de subida continua. Así que tocaba tomárselo con un poco de calma, que ya llegaríamos.

Vino entonces la parte que más se me atragantó. Un tramo de muy pocos kilómetros que transcurría por entre unas grandes zonas de cultivo, por un camino de gravilla bastante incómodo, y en el que el viento pegaba fuerte de costado. La “zona de los aspersores”.

En esos momentos iba yo un poco tocado de fuerzas, pero sobre todo empezaba a tener los huesos del culo bastante doloridos. Aunque el sillín que llevo ahora evita mucho la presión en la zona del perineo, precisamente por eso hace que todo el peso del cuerpo recaiga sobre el isquion, que es el hueso sobre el que nos sentamos.

A duras penas fui haciendo ese tramo, mirando cada muy poco el gps, esperando que hubieran pasado muchos kilómetros, y lo único que pasaban eran un par de cientos de metros cada vez.
El viento, bastante fuerte, hacía que la bici perdiera la línea recta en muchas ocasiones, y que el pedaleo se hiciera más costoso, sobretodo cuando te venía una racha repentina.

Ya deseando que aquello no durara mucho más, por fin llegué al cuarto avituallamiento, en el que por supuesto paré. Al bajar de la bici, el típico andar de pato mareado, y directo a comer una especie de barritas de cereales que tenían allí preparadas. Beber agua, descansar un poco, unos estiramientos, "intentar" mear, y ponerme por encima el culotte que llevaba de repuesto. Me subo a la bici pensando que con dos culottes iría mucho mejor, pero que va, casi no lo noté.

Bueno, ya sólo quedaban entre 15 y 25 kilómetros, según que hiciéramos el recorrido nornal o que nos desviaran al alternativo en caso de no poder cruzar el río Alcanadre. Yo iba mentalizado desde días atrás para hacer el recorrido largo, pues daba por supuesto que con las lluvias de este año, es lo que tocaría hacer.

Así que me subí a la bici dispuesto a hacer 25 km más, a un ritmo bastante más bajo, pues iba ya en reserva.
Además, Carlos me había hablado de una corta pero dura subida que había en el último tramo, por lo que me pasé bastantes minutos pensando en cómo la afrontaría cuando llegara a ella. Que si me bajaría de la bici tal como la viera, que si intentaría subirla con el molinillo...

En fin, que con el culo bastante dolorido, con las piernas muy cansadas, y con muchas ganas de acabar ya, fueron pasando los kilómetros, ahora por unos caminos más estrechos y polvorientos, siempre con algunos ciclistas por delante mío, otros más rezagados, gente que me adelantaba, y alguno al que adelantaba yo.

Finalmente me quedé con uno al que había ido cogiendo poco a poco, y que como yo, ya no sabía cómo sentarse. Fuimos juntos un rato, cruzando cuatro palabras que venían muy bien para desviar la atención del cansancio, y cuando menos me lo esperaba, oigo voces de megáfono, y aparecemos en la zona de llegada de la prueba.

¡Qué buen rollo, la recta de meta! Unos pocos metros más, que hicimos en paralelo, y "piiip"-"piiip", el inconfundible sonido provocado por los chips de los dorsales al pasar por el arco de la llegada.
Sííííííií, he llegado!!!!
Sigo recto unos pocos metros, y allí estaba Carlos, esperándome.
Gracias, Carlos, siempre alegra mucho que alguien te esté esperando. Quizás algún día pueda ser yo el que te espere. ¡Ja, ja, ja, no creo!

Pero, y la corta y dura subida que me había dicho Carlos, y que tanto me había hecho comer la olla, ¿dónde estaba?
Resulta que ya la había subido, ¡y no me había ni enterado! Sí, era una en la que tuve que poner el molinillo, y en la que casi todos subían andando, y que estaba un poco embarrada. Con las indicaciones de Carlos me di cuenta de que sí, la había subido. Parece ser que yo me esperaba algo mucho más duro. Bueno, mejor.
Y el río, ¿no había que cruzar el río? También lo habíamos pasado, pero por un puente.
En fin, que cuando vas muy cansado, el cerebro trabaja lo justo…

Bueno, pues al final llegué muy contento y muy satisfecho por cómo hice la marcha.
Tardé 6 horas y 12 minutos en hacer los 112 kilómetros, cuando yo había calculado que tardaría más o menos 7 horas. El tiempo real de pedaleo fue de 5 horas y 45 minutos.

También he de decir que tuve la suerte de no tener ningún percance. Ni pinchazos, ni caídas, ni rotura de cadena, ni ningún otro tipo de avería. Y es que en tantos kilómetros hay tiempo de que te pase cualquiera de estas cosas.

Por supuesto que llegué bastante cansado, pero es que la verdad, hice toda la prueba a un ritmo bastante elevado para lo que es mi nivel físico. Por eso me siento tan satisfecho, porque a pesar de no haber hecho un tiempazo, sí que fui capaz de rodar a un nivel muy aceptable.

También hay que tener en cuenta, que de las 5 horas y 45 minutos de pedaleo que hice, seguramente fueron sólo unos 10 minutos los que pude estar de pie en la bici, y sin dar pedales, con lo que se puede decir que estuve unas 5 horas y media sentado y pedaleando.
Es lo que tienen los recorridos “tan llanos”, que acabas harto de dar y dar pedales sin parar. Y por supuesto, con el culo escocido.

Así que, lo que pase de aquí a tres semanas en El Soplao, no quiero ni pensarlo.
Ayayayyyyyyyyyyyy!!!!!!!!!

Después de llegar yo fuimos a lavar las bicis a una gasolinera que había allí cerca, y ya las dejamos en el coche, nos pusimos algo de ropa seca (las duchas estaban abarrotadas), y nos dirigimos hacia el recinto en el que tenían montado todo el tinglado.

La cara sucia y desencajada


Dos platos de fideuá con un poco de pan, unos trozos de pierna de ternera, y bebida. Recuperando las fuerzas perdidas. Luego esperamos a que hicieran el sorteo de una Playstation, una bicicleta Orbea, y dos viajes a Lanzarote. Nada, no hubo suerte. Otra vez será.

El buen rollo de haber acabado ya la prueba


Ya cerca de las diez de la noche, cuando aún estaban llegando corredores, emprendimos el viaje de vuelta, que se nos hizo muy largo, a pesar de que íbamos hablando de cómo nos había ido el largo día, y de las impresiones que nos había dejado la jornada. Este año hubo suerte, y las abundantes lluvias que ha habido hicieron que el paisaje no fuera tan seco como nos esperábamos. La verdad es que estaba todo bastante verde.

En resumen, una larga jornada de ciclismo, que aunque empezamos un poco desganados, acabó resultando muy satifactoria. Mucha gente, muchos kilómetros, mucho polvo...

¿El año que viene? Ya veremos…

Bruno